Aunque las primeras imágenes de Japón nos remiten a grandes centros urbanos como Tokio y Osaka, el archipiélago guarda una fauna diversa que el país lleva décadas intentando no perder. Bosques, humedales, islotes volcánicos y ríos fríos de montaña albergan animales que casi no existen en ningún otro sitio.
Hay especies que ya no están en las islas: el lobo japonés, el lobo de Ezo, el león marino japonés. Otras rozaron desaparecer y volvieron. Un albatros que un censo de 1949 dio por extinguido volvió a contarse por encima de diez mil en 2026, en una isla volcánica. No todas las historias de esta lista van en la misma dirección.
El Ministerio de Medio Ambiente calcula más de 90.000 especies animales confirmadas en el país, con un endemismo alto: alrededor del 40% de los mamíferos terrestres —y una proporción todavía mayor de anfibios— viven solo aquí. Un volcán, una carretera o una presa pueden cortar un linaje entero. Por eso estos cinco casos siguen siendo una buena puerta de entrada a esa fauna.
Índice 5
Albatros de cola corta
Los albatros son aves de gran porte de la familia Diomedeidae. Pasan la vida en alta mar y solo pisan tierra para reproducirse. Son monógamos y suelen formar colonias grandes. La historia japonesa de conservación pertenece sobre todo a uno: el albatros de cola corta, el Ahōdori [アホウドリ].
Nadan bien: todos los dedos de las patas apuntan hacia adelante y están unidos por una membrana que ayuda en los aterrizajes y despegues sobre el agua. Tienen una glándula de sal que retira el exceso de cloruro de sodio de la sangre, y protecciones térmicas para vuelos largos sobre mar frío.

En aguas japonesas también aparecen el albatros de patas negras y el de Laysan. El que Japón casi pierde es el de cola corta. Desde finales del siglo XIX, la caza de plumas vació las colonias; cuentas conservadoras hablan de cientos de miles de aves muertas. Un censo de 1949 trató a la especie como desaparecida. En 1951, unos diez ejemplares reaparecieron en Torishima, en la cadena de Izu.
En 1993 el Ahōdori entró en la lista de animales salvajes raros protegidos por la ley de conservación de especies amenazadas. En 1990 la población andaba por las 1.200 aves; en 2010, Torishima tenía unas 2.570. El censo del Instituto Yamashina de Ornitología, en febrero y marzo de 2026, estimó 11.067 aves en esa isla y 1.591 polluelos en esa temporada de cría: la primera vez que la colonia de Torishima supera los 10.000. El ministerio japonés sigue clasificándolo como vulnerable. El volcán de la isla deshabitada es el riesgo de fondo, y por eso hay un intento de asentar otra colonia en Mukojima, en Ogasawara.
Ballena azul
La ballena azul es el mayor mamífero del planeta: puede acercarse a las 180 toneladas y medir entre 30 y 35 metros. Una adulta llega a consumir cerca de cuatro toneladas de krill al día.
Aunque no las oigamos, el canto de las ballenas azules es de los sonidos más potentes que produce un animal. Se comunican con gemidos y pulsos de baja frecuencia. En buenas condiciones, una puede oír a otra a cientos de kilómetros; algunas estimaciones hablan de hasta 1.600 km.
No es un animal exclusivo de Japón, pero el país está en el centro de su historia reciente. La caza industrial de grandes cetáceos aceleró a partir de 1864, cuando el noruego Svend Foyn equipó un barco con arpones pensados para capturar grandes ballenas.

En 1925, Estados Unidos, el Reino Unido y Japón se sumaron a Noruega en esa caza. En pocos años la matanza disparó las cifras: una cifra que se cita a menudo supera las 28.000 ballenas azules en un lustro. Después de la Segunda Guerra Mundial la población ya era escasa. En 1946 nació la Comisión Ballenera Internacional; la protección efectiva de la azul llegó en los años 60, con cientos de miles de ejemplares ya muertos.
La especie sigue amenazada a escala mundial. Japón ya no es el único actor, y la caza contemporánea del país se concentra en otras especies, a menudo bajo el argumento de investigación, que muchos gobiernos y grupos de conservación discuten. La azul queda en esta lista porque esa historia ballenera forma parte de cómo Japón mira el mar, no porque viva solo en sus costas.
Grulla japonesa
La grulla japonesa o tsuru [鶴] —en japonés también tanchō [タンチョウ], la grulla de coronilla roja— vive en el este de Asia y, en Japón, sobre todo en Hokkaido. Puede vivir alrededor de 50 años y suele mantenerse con la misma pareja.
Son aves migratorias. En primavera y verano muchas viven en Siberia, donde la hembra pone dos huevos al año, aunque a menudo solo un polluelo llega a adulto. En otoño bajan hacia zonas más templadas de Asia —Manchuria, la península de Corea, Japón— y buscan pantanos con comida abundante: ranas, insectos grandes, semillas, hojas.

En 1952 quedaban apenas 33 ejemplares en Japón, casi borrados por la caza. Los esfuerzos de conservación devolvieron la especie a Hokkaido: el ministerio estima ahora unos 1.200 adultos en libertad, y en marzo de 2026 la bajó de «amenazada» a «casi amenazada» en su lista roja. El riesgo de extinción inmediata es bajo; el título de Monumento Natural Especial se mantiene. Siguen siendo pocas, y el hábitat de humedal no es infinito.
Las grullas son famosas en Japón por las leyendas y el origami: mil tsuru de papel, el senbazuru, se pliegan como voto de fortuna o de salud. El pájaro de verdad, mientras tanto, se cuenta en los campos de Kushiro.
Gato de Iriomote
Es un felino exclusivo de Iriomote, una isla subtropical montañosa en el extremo sur del archipiélago de Ryukyu, en Okinawa. Desde que se describió en 1967 —había sido visto dos años antes— ya se consideró amenazado. Hoy vive en el hábitat más pequeño de cualquier felino salvaje: la isla mide unos 290 km². El declive viene de la pérdida de bosque bajo, de los atropellos y de una población que no tiene otro sitio al que ir. Los recuentos del ministerio y del centro de conservación de la isla se mueven alrededor de un centenar de ejemplares.
Es nocturno, trepa y nada. Come mamíferos, aves, reptiles, anfibios, cangrejos. Al principio se trató como especie propia; el ADN lo sitúa como subespecie del gato leopardo del sudeste asiático, Prionailurus bengalensis iriomotensis. En japonés es el Iriomote-yamaneko [イリオモテヤマネコ]. Está protegido como Monumento Natural Especial, y cada gato muerto en la carretera es una noticia local porque el margen es mínimo.

Salamandra gigante de Japón
Las salamandras japonesas no se parecen a las pequeñas que se confunden con lagartijas. Son anfibios, de los más grandes del planeta: alrededor de 1,5 metros y hasta unos 36 kilos. La salamandra gigante china es mayor, y por eso a la japonesa se la llama a menudo la segunda.
No hay un censo nacional sólido. Los investigadores hablan de densidades locales y de ríos donde ya no se las ve. La especie, Andrias japonicus —en japonés ōsanshōuo [オオサンショウウオ]—, es Monumento Natural Especial desde 1952 y figura como vulnerable en la lista de la UICN y en la lista roja japonesa.
Antes se cazaba para comer. Esa presión bajó. El hormigón no. Presas y azudes cortan los desplazamientos nocturnos que usan para reproducirse. En algunos ríos del oeste, salamandras gigantes chinas sueltas se hibridan con el linaje nativo. Conservarlas hoy es, a menudo, construir escalas, cajas de nido y discutir cómo se reforma un río. Raras, salen de sus escondites sobre todo de noche y viven en agua fría cerca de las montañas.
Si se ponen los cinco juntos, el patrón no es uniforme. Un ave marina pasó de diez supervivientes a más de diez mil en un volcán. Una grulla salió de la lista de amenazadas. Un gato sigue compartiendo una sola isla con unos cien de los suyos. Cada linaje vive o muere en un pedazo de suelo muy pequeño, y ese suelo todavía cambia.
Si quieres los nombres japoneses que hay detrás de estas historias, empieza por los nombres de animales en japonés y vuelve después a los ríos y a las islas.
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