Entre muchas leyendas y cuentos japoneses, el de Hanasaka Jiisan se destaca desde hace mucho tiempo. Este cuento tiene como principal personaje al viejo Hanasaka jiji, o el viejo de la primavera. Tal historia se cuenta por generaciones. En muchos libros se cita el cuento del hombre que conseguía hacer florecer árbores muertos. Este viejito posee un leal compañero, un perrito llamado Shiro.
Esta historia se cuenta como un ejemplo de bondad que supera la codicia y la crueldad. En Japón incluso existe una expresión referente a este cuento. Cuando alguien está triste o sin animación pareciendo un árbol seco o muerto suelen decir que es preciso «llamar al viejo que hace florecer árbores». Vamos entonces a conocer esa hermosa historia.
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El viejo y su perro Shiro
Había una vez, hace mucho tiempo, en una isla remota montañosa de Japón, vivían un viejo y su esposa. Ese matrimonio de ancianos se sustentaban trabajando mucho en un cultivo en su tierra. Tenían un perrito que se parecía mucho a un lobo de pelaje blanco como la nieve llamado Shiro. Sin tener ningún hijo, la pareja daba todo el amor y el cariño a ese perro.
Shiro acompañaba todos los días el trabajo de ese matrimonio en el campo. Pero cierto día, Shiro empieza a ladrar sin parar. El perro corrió hasta su dueño, agarró su ropa y lo tiró hasta un cierto lugar. Llegando a este local, el perro empezó a cavar rápidamente. Viendo esto, el viejo señor cogió su azada y empezó a ayudar al perro. Y para la gran sorpresa, al cavar, se encontraron grandes piedras de oro. Muy felices, volvieron para casa para compartir la novedad. El matrimonio, muy generoso, decidió compartir el oro con toda la aldea.

El poder de la avaricia
Pero, había un matrimonio de vecinos que eran bien mezquinos y codiciosos y no les gustaba el matrimonio bondadoso. Cuando ellos supieron de esa historia, bien rápidamente golpearon en la puerta del matrimonio. Esos pidieron para que les permitieran llevar a Shiro por solo un día, con el intuito de encontrar más oro. Por ser generosos, el viejo y su esposa permitieron que Shiro fuera con ellos.
Al distanciarse de la casa, el viejo malvado ató al perro, cogió su azada y partió forzándolo a buscar oro. Después de muchos malos tratos, Shiro paró cerca de un árbol y empezó a agitarse. Pensando que el perro había encontrado oro, el viejo empujó al perro y luego empezó a cavar. Después de mucho trabajo encontró solo basura.
Con mucha rabia el viejo cogió su azada y golpeó a Shiro, matándolo. Volvió para casa sin contar nada a nadie. El matrimonio bondadoso de viejitos estaban ansiosos para la llegada de Shiro. Entonces decidieron ir hasta sus vecinos y preguntarles qué había pasado. Por increíble que parezca, al llegar allí, el viejo malvado confesó lo que había hecho. Esto dejó a los viejos ancianos destrozados. Entonces el buen viejo, muy triste, fue hasta el local de la muerte de su fiel compañero, cogiéndolo por el brazo y llevándolo de vuelta a casa y lo enterró.
Todos los días el buen matrimonio lloraba sobre la tumba del perro. En ese local donde él fue enterrado, surgió un pequeño brote. Al día siguiente, el brote se convirtió en un árbol fuerte y grande. Con el pasar de los días fue creciendo cada vez más hasta que no consiguieron ver más sus ramas. Pero, cierto día, una tormenta muy fuerte derribó el árbol.
Decidieron entonces construir un mortero con la madera de ese árbol. Ese mortero sería usado para preparar la masa del mochi, un bollo de arroz que Shiro gustaba mucho. Después de construir el mortero, fueron a preparar la masa del bollo. Cuando el viejo empezó a golpear la masa notó que ella empezó a transformarse en oro. Conforme él fue golpeando, la masa iba surgiendo cada vez más oro. Y más una vez él repartió todo ese oro con la aldea.

La bondad es recompensada
Nuevamente los viejos codiciosos decidieron que querían esa masa. Y más una vez los buenos viejos dejaron que ellos usaran el mortero. Pero, al usarlo, la masa se transformó en un lodo oscuro. Furiosos destruyeron el mortero y le prendieron fuego. Cuando el buen viejo llegó y vio lo ocurrido, recogió las cenizas que quedaron y las puso en una pequeña cesta y las llevó a casa.
Al llegar, un viento sopló un poco de las cenizas de la cesta, que se esparcieron por el aire alcanzando un árbol muerto. Ese árbol muerto de inmediato empezó a florecer. Enseguida en sus ramas fueron surgiendo las hermosas flores de cerezo. A medida que la ceniza se esparcía, árbol tras árbol florecía.
Rápidamente la noticia se esparció y la corte llamó al viejo hasta su reino. Llegando al castillo, el viejo lanzó las cenizas al aire, e inmediatamente florecieron los árbores cercanos. El señor feudal Daimyo, quedó encantado con todo aquello y lo obsequió con ricos objetos. Y también pidió que al viejo se le llamara Hana-Saka-Jijii, o el viejo que hacía florecer árvores.
A saber de esa noticia, el viejo codicioso juntó las cenizas restantes del mortero quemado. Él entonces fue hasta el reino diciendo ser el verdadero portador de las cenizas. Al llegar ante el Daimyo, lanzó las cenizas al aire y nada floreció. Pero esas cenizas entraron en los ojos y en la boca del Daimyo, ahogándolo y dejándolo ciego. Fue ordenado entonces que ese viejo codicioso fuera preso.
El buen señor entonces dividió todo lo que ganó con su aldea. Aun así sobró lo suficiente para vivir en paz y felicidad por el resto de la vida. Para finalizar el artículo, vamos a dejar un vídeo de la leyenda en japonés:


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