História do Japão Imperial - Restauración Meiji y Guerras

De la Restauración de 1868 a la derrota de 1945: cómo Japón se convirtió en la gran potencia asiática y cómo terminó ese...

Entre 1868 y 1947, Japón protagonizó una de las transformaciones más radicales que hayaAttemptado cualquier Estado moderno. En menos de ochenta años, el país pasó de una sociedad isleña feudal y cerrada a la mayor potencia militar de Asia, y terminó, al final, convertido en escombros. Para seguir ese arco, hay que empezar por el sistema feudal (shogunato) que gobernó Japón durante más de dos siglos y avanzar, paso a paso, por las guerras y los puntos de inflexión que definieron al Japón Imperial.

El Japón Imperial, en japonés Dai-Nippon Teikoku (大日本帝国), no fue un Estado cualquiera. Era una monarquía constitucional calcada del modelo occidental, dirigida por una élite política y militar que industrializó el país a velocidad vertiginosa, lo militarizó y lo empujó a la edad moderna. El precio de ese ascenso fue devastador: guerras contra China, Rusia, Corea y, al final, contra los Aliados de la Segunda Guerra Mundial. En 1945, Japón se rindió de forma incondicional.

En este artículo recorremos esa época paso a paso. Empezamos con la caída del Shogunato Tokugawa y la Restauración Meiji (明治維新), seguimos por la Rebelión de Satsuma, la Primera y Segunda Guerra Sino-Japonesa, la Guerra Ruso-Japonesa, la Primera Guerra Mundial y la Guerra del Pacífico, y cerramos con la disolución del Imperio en 1947.

Ilustración en blanco y negro del Shogunato Tokugawa en los últimos años del Período Edo, justo antes de la Restauración Meiji
Índice 7

Caída del Shogunato y Restauración Meiji

La Restauración Meiji (明治維新, Meiji Ishin) es el punto de partida más limpio, pero no salió de la nada. Durante más de doscientos cincuenta años, el Shogunato Tokugawa (幕府) había mantenido Japón encerrado bajo una estricta política de aislamiento, el llamado sakoku. Sólo los holandeses y los chinos tenían un comercio muy limitado con el país, y la única ventana al exterior era la pequeña isla artificial de Dejima, en la bahía de Nagasaki.

Esa estabilidad aparente se quebró en 1853, cuando la flota negra del Comodoro Matthew Perry, de la Marina de los Estados Unidos, entró en la bahía de Edo (hoy Tōkyō) y obligó a Japón a abrir sus puertos. La firma de la Convención de Kanagawa en 1854, seguida de tratados comerciales desiguales con varias potencias occidentales, dinamitó el modelo Tokugawa: los daimyō de los dominios del sur y del oeste, sobre todo Satsuma y Chōshū, empezaron a ver al shōgun como incapaz de defender al país frente a los extranjeros.

Entre 1866 y 1868, esa presión se convirtió en guerra abierta. La Guerra Boshin (戊辰戦争) enfrentó a las fuerzas leales al Emperador Meiji (Mutsuhito, 睦仁), respaldadas por los dominios de Satsuma, Chōshū, Tosa y Hizen, contra el ejército del Shogunato Tokugawa. La batalla de Toba-Fushimi, en enero de 1868, decantó la guerra a favor del bando imperial. En 1869, los últimos defensores del Shogunato se rindieron en Hakodate, en la isla septentrional de Hokkaidō. Seis siglos de gobierno militar feudal llegaban a su fin.

El joven Emperador Meiji, que asumió formalmente el poder en 1867, no se quedó sólo con el símbolo: en pocos años, Japón desmanteló el sistema feudal, abolió los han (dominios) en 1871 y centralizó el país alrededor de una nueva oligarquía, el llamado genrō. En 1889 entró en vigor la Constitución Meiji, redactada tomando como referencia la Constitución prusiana, y en 1890 se convocaron las primeras elecciones de la Dieta Imperial. Japón dejaba de ser un feudalismo cerrado y pasaba a ser, formalmente, una monarquía constitucional moderna.

Escena histórica de la Primera Guerra Sino-Japonesa en el frente de Corea, hacia 1894

Rebelión de Satsuma y Primera Guerra Sino-Japonesa

La Restauración no fue un camino tranquilo. Los antiguos samuráis (侍), que habían perdido su función social, sus estipendios y su derecho a llevar armas, protagonizaron la gran rebelión que marcó el final del viejo orden: la Rebelión de Satsuma (1877). Liderada por Saigō Takamori, que había sido uno de los grandes artífices de la Restauración, fue aplastada por un ejército imperial ya modernizado, con tropas entrenadas según el modelo francés y armada con rifles modernos. Saigō murió en la batalla de Shiroyama, en septiembre de 1877. La derrota selló para siempre el destino de la clase samurái.

El verdadero bautismo de fuego de Japón como potencia moderna llegó en 1894. La Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895) estalló por el control de la península de Corea, entonces bajo la órbita política de la dinastía Qing. El ejército japonés, recién modernizado, venció a las fuerzas chinas en tierra y en mar: batallas como Pungdo, Yalu y la caída de Weihaiwei dejaron claro el nuevo equilibrio de fuerzas en Asia.

El Tratado de Shimonoseki, firmado en abril de 1895, obligó a China a reconocer la independencia de Corea, a ceder la isla de Taiwán (Formosa) y la península de Liaodong, y a pagar una indemnización de 200 millones de taeles de plata. La cláusula sobre Liaodong, además, molestó profundamente a Rusia, Francia y Alemania, que forzaron a Japón a devolverla apenas semanas después de firmada la paz, en lo que se conoce como la Triple Intervención. Aquella humillación dejó una huella profunda en la política exterior japonesa de las décadas siguientes.

Guerra Ruso-Japonesa: el golpe en Tsushima

La rivalidad con Rusia por Manchuria y Corea desembocó en la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905). Japón lanzó un ataque por sorpresa contra la flota rusa en Port Arthur (hoy Lüshun) en la noche del 8 al 9 de febrero de 1904, abriendo así el conflicto. El asedio de Port Arthur, concluido a principios de 1905, y la batalla de Mukden, una de las mayores batallas terrestres hasta la Primera Guerra Mundial, dejaron al ejército ruso contra las cuerdas en tierra.

El golpe definitivo llegó en el mar. La Batalla de Tsushima, librada entre el 27 y el 28 de mayo de 1905, enfrentó a la Flota Báltica rusa, que había dado la vuelta a África para llegar al Pacífico, contra la flota japonesa del Almirante Tōgō Heihachirō. En menos de 24 horas, la flota rusa fue prácticamente aniquilada: la derrota fue tan aplastante que cambió la percepción mundial sobre el poder naval asiático.

El Tratado de Portsmouth, mediado por el presidente estadounidense Theodore Roosevelt en septiembre de 1905, reconoció la influencia japonesa sobre el sur de Manchuria y la mitad sur de la isla de Sajalín, aunque Rusia, agotada por las revoluciones de 1905, no tuvo que pagar indemnizaciones. Japón, en cambio, había gastado una cantidad enorme de recursos y estaba al borde de la bancarrota. Aun así, la victoria trajo dos consecuencias enormes: Japón entró como potencia con voz propia en la mesa internacional y, en 1902, firmó la Alianza Anglo-Japonesa, la primera alianza militar de una potencia asiática con una europea.

Primera Guerra Mundial y el auge Taishō

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue, para Japón, una oportunidad más que un conflicto. Tras declararle la guerra a Alemania en agosto de 1914, se apoderó rápidamente de las colonias alemanas en el Pacífico: las islas Marshall, las Marianas, las Carolinas y la concesión de Kiautschou, en la costa china, incluida la plaza de Qingdao. Japón participó, sobre todo, en tareas de escolta y limpieza de minas en el Mediterráneo.

Mientras las potencias europeas se desangraban, Japón consolidó su posición económica en Asia. En 1915 presentó a China las llamadas Veintiún Demandas, un conjunto de exigencias que buscaban convertir al país vecino en un satélite económico y político. Las demandas provocaron una oleada de protestas patrióticas en China, conocidas como el Movimiento del Cuatro de Mayo, que estalló en 1919, y forzaron a Japón a moderar varias de sus cláusulas más duras.

Tras la guerra, Japón participó en la Conferencia de Paz de París como uno de los vencedores, y en 1922 firmó el Tratado Naval de Washington, que limitaba su flota a una proporción de 5:5:3 con la Royal Navy y la US Navy. En lo interno, Japón vivía el llamado Período Taishō (大正), bajo el Emperador Taishō (Yoshihito, 嘉仁), marcado por una relativa apertura democrática, gobiernos de partidos y una prensa vibrante. La economía crecía, las ciudades se modernizaban, Tōkyō y Ōsaka se llenaban de tranvías, electricidad y cine, y la cultura popular, con revistas, cafés y música occidental, vivía una breve primavera antes de la tormenta que se avecinaba.

Ascenso del militarismo y la crisis de Manchuria

La relativa calma del Período Taishō se quebró con la Gran Depresión de 1929. La caída del precio de la seda, uno de los grandes productos de exportación japoneses, golpeó con dureza al campo y empujó a sectores nacionalistas a buscar una salida expansionista. En septiembre de 1931, oficiales del Ejército de Kwantung hicieron volar un tramo de vía férrea cerca de Mukden (hoy Shenyang), en Manchuria, y lo usaron como pretexto para invadir toda la región. El Incidente de Mukden, como se conoce, fue ocultado durante años al gobierno civil de Tōkyō y al emperador Hirohito, y Japón quedó atrapado en una espiral de hechos consumados.

En 1932, Japón proclamó el Estado títere de Manchukuo, encabezado por el último emperador de la dinastía Qing, Puyi, y en 1933 se retiró de la Sociedad de Naciones tras el informe Lytton, que condenaba la invasión. A partir de ahí, los sectores más radicales del ejército ganaron peso frente a los gobiernos civiles: hubo varios intentos de golpe de Estado, como el Incidente del 26 de febrero de 1936, y la influencia de la facción Kōdō-ha (Vía del Emperador) sobre el gobierno creció sin freno.

En julio de 1937, un tiroteo entre tropas japonesas y chinas en el puente de Marco Polo, a las afueras de Beiping (hoy Beijing), encendió la Segunda Guerra Sino-Japonesa. La campaña avanzó rápido en el norte de China, pero la decisión del gobierno chino de Chiang Kai-shek de replegarse hacia el interior, con su capital sucesivamente en Nankín, Wuhan y Chongqing, convirtió el conflicto en un atolladero sangriento que duraría hasta 1945.

Nankín, la guerra en el Pacífico y la rendición

La caída de Nankín, la capital nacionalista, en diciembre de 1937, dejó una de las páginas más oscuras del siglo XX. Durante las primeras semanas de ocupación, las tropas japonesas cometieron atrocidades masivas contra civiles y soldados desarmados: violaciones, saqueos y ejecuciones sumarias que hoy se conocen como la Masacre de Nankín. Las estimaciones históricas más serias hablan de entre 200.000 y 300.000 víctimas civiles y prisioneros de guerra chinos muertos en pocas semanas, además de decenas de miles de violaciones. El episodio marcó profundamente la memoria china del siglo XX y sigue siendo objeto de disputa entre los gobiernos de Japón y China.

Mientras la guerra contra China se enquistaba, Japón firmó el Pacto Tripartito con Alemania e Italia en septiembre de 1940 y se alineó formalmente con el Eje. En 1940-1941, las tropas francesas de Vichy y luego las holandesas cedieron ante la presión japonesa y Japón ocupó Indochina. La medida acercó el conflicto a las colonias europeas en Asia y disparó las tensiones con Estados Unidos, que había impuesto un embargo de petróleo, acero y chatarra.

El domingo 7 de diciembre de 1941, la aviación naval japonesa lanzó un ataque sorpresa contra la flota estadounidense del Pacífico en Pearl Harbor, Hawái. En apenas dos horas, cuatro acorazados quedaron hundidos, más de 180 aviones fueron destruidos y cerca de 2.400 estadounidenses murieron. El ataque arrastró a Estados Unidos al conflicto y abrió la Guerra del Pacífico. Japón conquistó rápidamente Filipinas, Malasia, Singapur, Birmania, las Indias Orientales Holandesas (actual Indonesia) y gran parte del Pacífico occidental.

La suerte empezó a cambiar en 1942. La Batalla de Midway, en junio, dejó a la flota japonesa sin cuatro portaaviones y cambió el equilibrio naval. Campañas como Guadalcanal, Iwo Jima y Okinawa, entre 1942 y 1945, desgastaron al ejército japonés. En el frente interno, la economía se militarizó por completo y la población civil sufrió bombardeos cada vez más intensos, incluido el devastador incendio de Tōkyō en marzo de 1945. En la desesperación, la Marina y unidades de aviación crearon las primeras misiones kamikaze, ataques suicidas contra los barcos aliados.

El 6 de agosto de 1945, un bombardero estadounidense lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, seguida tres días después por una segunda sobre Nagasaki. Las dos bombas, junto con la entrada soviética en la guerra contra Japón el 8 de agosto y el avance comunista en Manchuria, hicieron inviable cualquier continuación del conflicto. El 15 de agosto, el Emperador Shōwa (Hirohito) se dirigió por radio a la nación anunciando la rendición. El 2 de septiembre de 1945, el gobierno japonés firmó el Instrumento de Rendición a bordo del acorazado USS Missouri, en la bahía de Tōkyō. Japón aceptaba la ocupación aliada y la rendición incondicional.

La Constitución de 1947 y el nacimiento del Japón moderno

Tras la rendición, Japón fue ocupado por las fuerzas aliadas, bajo el mando del general estadounidense Douglas MacArthur, entre 1945 y 1952. La ocupación transformó al país en profundidad: se desarmó a las fuerzas armadas, se disolvieron los grandes zaibatsu (conglomerados industriales como Mitsubishi, Mitsui o Sumitomo), se aprobó una reforma agraria profunda y se concedió el voto a las mujeres por primera vez en la historia del país.

En 1947 entró en vigor la nueva Constitución japonesa, redactada en buena parte por el equipo de MacArthur y aún vigente hoy. El artículo 9 renunciaba a la guerra como instrumento de política exterior y prohibía mantener fuerzas armadas, mar o aire. Por eso Japón creó en 1954, tras el fin de la ocupación, las llamadas Fuerzas de Autodefensa, técnicamente un cuerpo de defensa no bélico. La Constitución Meiji, vigente desde 1889, fue sustituida por completo.

El 3 de mayo de 1947 también entró en vigor la nueva Ley Fundamental, que convirtió al Emperador en un símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, sin poder político real, y sentó las bases del parlamentarismo japonés moderno. En 1951 se firmó el Tratado de San Francisco y, en 1952, Japón recuperó su soberanía plena. En 1956 fue admitido en las Naciones Unidas.

De ahí en adelante arrancó el llamado Milagro Económico japonés: entre 1955 y 1990, Japón se convirtió en la segunda economía del mundo. La reconstrucción fue vertiginosa y, con ella, Japón volvió a ocupar un lugar central en Asia, esta vez por vía industrial, tecnológica y comercial, no militar. La etapa imperial que empezó con la Restauración Meiji en 1868 se cerraba así con una segunda transformación: la de un país que dejó de ser potencia militar y pasó a ser potencia civil.

Cuando uno mira en conjunto los casi ochenta años que van de 1868 a 1947, lo que más llama la atención no es tanto el número de guerras como la velocidad con la que Japón pasó del feudalismo más cerrado a una potencia industrial capaz de pelear contra China, Rusia y, al final, contra Estados Unidos y los Aliados. Lo más triste de ese recorrido, y conviene no olvidarlo, es el costo humano pagado por las poblaciones vecinas de China, Corea y el sudeste asiático, y por los propios japoneses en los bombardeos, las batallas finales y las dos bombas atómicas.

Si este arco te interesa, también te puede servir la biografía del Emperador Meiji, que recorre la vida del hombre que da nombre a toda esta etapa, y la introducción al sistema feudal del Shogunato, sin el cual esta historia no se entiende. Si has llegado hasta aquí, te toca: ¿qué parte del Japón Imperial te habría gustado ver más desarrollada, los entresijos de la Restauración, las batallas en el Pacífico o el paso a la Constitución de 1947?

Fuentes y enlaces útiles
Kevin Henrique

Sobre el autor: Kevin Henrique

Especialista con más de 10 años de experiencia en cultura asiática, con foco en Japón, Corea, anime y juegos. Autodidacta, escritor y viajero centrado en enseñar japonés, consejos de turismo y curiosidades profundas.

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