Cuando pensamos que ya lo hemos visto todo, Japón nos sorprende. En Otemachi, el barrio de bancos de Chiyoda, Pasona metió plantas donde uno espera cajas fuertes y escritorios. El nombre que quedó pegado a las fotos es Pasona O2: una granja subterránea. Las ramas y hojas que salían por la ventana no eran de ese sótano. Eran de otro edificio, unos años más tarde, con la fachada cubierta de verdor.
Pasona Group coloca personal. La granja en el centro de Tokio era, sobre todo, un aula: formar jóvenes para el campo y recordar a quien pasa cerca de la estación que el país sigue necesitando agricultores. Abajo, la cámara acorazada. Arriba, el cubo verde de nueve plantas.
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Pasona O2: arroz en una antigua caja fuerte
En febrero de 2005, Pasona abrió Pasona O2 —se pronuncia «o-tsu»— en el segundo sótano del edificio Nomura de Otemachi, un bloque de 27 plantas sobre el suelo. El local había sido la cámara acorazada de un banco: se llegaba por un solo ascensor, por seguridad. Sin sol, las plantas vivían de luz artificial: diodos emisores de luz, lámparas de halogenuros metálicos y lámparas de vapor de sodio a alta presión. Una computadora regulaba temperatura y humedad. En el sótano no había insectos, así que el cultivo se mantenía sin pesticidas.
El espacio rondaba los 1.000 metros cuadrados, no los 4.000 que a veces se le cuelgan. Esas cuatro mil correspondían al edificio de 2010. Aquí había seis salas:
- Sala 1 — Campo de flores
- Sala 2 — Campo de hierbas
- Sala 3 — Campo de arroz
- Sala 4 — Frutas y verduras
- Sala 5 — Campo de hortalizas
- Sala 6 — Sala de las semillas
Al llegar encontrabas rosas y otras flores bajo LED blancos. Esta granja subterránea llegaba a más de cien tipos de frutas y verduras. Los tomates trepaban en tanques de hidroponía; las lechugas, bajo fluorescentes; el arroz, en estantes con halogenuros y sodio. En hidroponía se usaba casi nada de tierra y se decía que la planta podía crecer un 30 o un 50 por ciento más rápido. La cosecha alimentaba restaurantes del propio edificio. La prensa se quedó, sobre todo, con el arroz: un arrozal sin cielo, abierto al público, en el distrito financiero.
Pasona lo presentaba como un escaparate agrícola. Quería que el oficinista de Tokio viera el oficio y que quien buscaba empleo considerara el campo. No iba a alimentar la ciudad: en su mejor año, con tres siembras, el sótano produjo unos 60 kilos de arroz, menos de lo que come una persona en doce meses.
Urban Farm: el edificio que parecía un jardín
En 2010 Pasona compró un bloque de oficinas de unos cincuenta años y pidió a Kono Designs, el estudio de Yoshimi Kono, que lo convirtiera en sede. El resultado fue un cubo de nueve plantas en Otemachi: cerca de 20.000 metros cuadrados de oficinas y unos 3.995 dedicados a verde —un 20 por ciento del edificio— con más de 200 especies.
Ahí sí salían ramas por la ventana. La doble fachada llevaba flores de temporada y naranjos en balcones estrechos. En el vestíbulo había un arrozal de Aomori que, con clima interior, se cosechaba tres veces al año, unos 50 kilos por corte. En las salas de reuniones colgaban tomateras del techo; en los seminarios, lechugas hidropónicas que, con luz las 24 horas, salían en unos 45 días. Los empleados, con ayuda de agrónomos, cuidaban los cultivos. La comida se cosechaba, se cocinaba y se servía en la cafetería del edificio.

Entre semana el público podía entrar. Había un café con vista a los cultivos. Quien salía de la estación de Tokio veía el arroz y podía merendar lo que había crecido unas plantas más allá. Las plantas se cosechaban y se comían ahí mismo; el edificio servía de taller para la empresa y para quien quisiera aprender el oficio.

Qué se puede visitar hoy
Nada de eso sigue en pie como atracción. Pasona O2 cerró hacia 2009, cuando la empresa ya planeaba la sede mayor. Urban Farm dejó de recibir visitas a finales de abril de 2017. El edificio original, el Gofukubashi de Otemachi, cerró en junio de ese año y después fue demolido. Pasona se mudó.
En el barrio más caro de Tokio, una empresa de empleo apostó a que ver crecer un tomate encima de la mesa de juntas podía cambiar, un poco, la idea de lo que cuenta como trabajo. El relevo agrario del país pedía más que un sótano y una fachada verde. Quedó una imagen difícil de olvidar —arroz bajo lámparas de sodio, rosas en una caja fuerte, un cubo que parecía bosque entre rascacielos— y la costumbre, todavía viva, de llamar Pasona O2 a las dos cosas.
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