Nankín fue donde ocurrió una de las mayores catástrofes en la guerra contra Japón. No cayó solo como capital: después de Shanghái, la ciudad quedó a merced de tropas que ya habían peleado cuerpo a cuerpo y recibieron la orden de tomarla a la fuerza.
La masacre de Nankín —asesinatos, violaciones y saqueos contra moradores y combatientes desarmados— se extendió de diciembre de 1937 a enero de 1938. Los registros militares japoneses se ocultaron o se destruyeron tras la rendición; lo que quedó —diarios, prensa, extranjeros que no se fueron y los juicios de posguerra— todavía no cierra el episodio entre China y Japón.

Como la mayoría de los archivos del Ejército Imperial sobre las muertes se mantuvieron en secreto o fueron destruidos poco después de 1945, los historiadores no pudieron fijar un único número. El Tribunal de Tokio habló de más de 200.000 víctimas en la ciudad y sus alrededores; el fallo chino de 1947 y la cifra oficial de Pekín superan las 300.000. Estimaciones más restrictivas, limitadas a intramuros, bajan de ese techo. El rango que el lector encontrará con más frecuencia —y el que no conviene aplastar en un único titular— va de más de 100.000 a más de 300.000, según el recorte geográfico y el criterio de cada fuente.
Índice 11
Invasión de Japón al territorio chino
En agosto de 1937, el ejército japonés invadió Shanghái, donde encontró una resistencia dura y sufrió bajas pesadas. La batalla fue sangrienta: ambos bandos se trabaron en combate cuerpo a cuerpo. A mediados de noviembre, los japoneses capturaron Shanghái con ayuda de bombardeos navales. Era un capítulo más de la segunda guerra sino-japonesa, abierta ese mismo año y aún lejos de 1945.

La sede del Estado Mayor General en Tokio, al principio, decidió no expandir la guerra: las bajas eran altas y la moral de las tropas, baja. Aun así, el 1 de diciembre ordenó capturar Nankín. Después de perder Shanghái, Chiang Kai-shek, generalísimo del ejército chino, sabía que la caída de la capital era cuestión de tiempo.
El plan de Chiang Kai-shek

Él y su Estado Mayor entendieron que no podían arriesgar la aniquilación de las tropas de élite en una defensa simbólica, y sin esperanza, de la capital. Para preservar el ejército para batallas posteriores, retiraron la mayor parte. La estrategia de Chiang —seguir a sus asesores— consistía en atraer al ejército japonés hacia Nankín y usar el interior de China como profundidad defensiva: una guerra de desgaste prolongada.
En un comunicado, el comandante Tang Shengzhi anunció que la ciudad no se rendiría y lucharía hasta la muerte. Tang reunió cerca de 100.000 soldados, en su mayoría inexpertos, incluidos hombres que ya habían peleado en Shanghái. Para impedir que los civiles huyeran, ordenó vigilar el puerto, conforme a las instrucciones de Chiang.

La fuerza de defensa bloqueó carreteras, destruyó barcos e incendió aldeas cercanas, impidiendo la evacuación. Ese rechazo a un cese al fuego selló el destino de quien quedó dentro.
Nankín llevaba días bajo bombardeo. Las tropas chinas que permanecían estaban desanimadas y empezaron a beber ante la caída inevitable. Los japoneses siguieron avanzando, rompieron las últimas líneas y llegaron a las puertas el 9 de diciembre.
A mediodía de ese día lanzaron panfletos exigiendo la rendición en 24 horas. Mientras tanto, miembros del comité de extranjeros que aún estaba en la ciudad contactaron a Tang y propusieron un alto el fuego de tres días: las tropas chinas se retirarían sin combatir y las japonesas se quedarían en su posición. Tang no aceptó el trato a tiempo.
La toma de la ciudad de Nankín
Los japoneses esperaron una respuesta al ultimátum. No llegó antes del plazo del 10 de diciembre. El general Iwane Matsui esperó una hora más y ordenó tomar Nankín por la fuerza.

El ataque a las murallas partió de varios frentes: la 16.ª División golpeó tres puertas al este, la 6.ª División ofensiva el oeste y la 9.ª División avanzó por el centro.
El 12 de diciembre, bajo artillería pesada y bombardeo aéreo, Tang Shengzhi ordenó la retirada. A partir de ahí fue el caos. Algunos soldados chinos robaron ropa civil para mezclarse. Otros fueron disparados por la propia unidad de supervisión al intentar huir. La ciudad cayó el 13 de diciembre.
John Rabe y la Zona de Seguridad
No todos los extranjeros se fueron. Un puñado de empresarios, misioneros y médicos —unas dos docenas— montó el Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nankín, formado el 22 de noviembre de 1937. Al frente quedó John Rabe, representante de Siemens y militante del partido nazi: su esvástica y el Pacto Antikomintern entre Berlín y Tokio eran, en la práctica, el único salvoconducto que los soldados japoneses solían respetar a duras penas.
La zona, de unos 3,86 km² alrededor de la embajada estadounidense, llegó a cobijar cerca de 250.000 civiles. Japón nunca la reconoció del todo; prometió no atacar un área sin tropas chinas. Aun así, pelotones entraban, sacaban a hombres acusados de ser soldados y a mujeres, y las violaciones y las ejecuciones no se detuvieron en el perímetro. Rabe y el comité no «salvaron la ciudad». Impidieron que el saldo fuera todavía peor, y dejaron diarios y protestas que después alimentaron los juicios.
A finales de enero de 1938 el ejército japonés forzó a los refugiados a volver a casa, alegando haber «restaurado el orden». El 18 de febrero el comité fue rebautizado a la fuerza como Comité Internacional de Rescate de Nankín y la zona dejó de funcionar. Los últimos campos se cerraron en mayo.
La masacre cometida por las tropas japonesas

Testigos extranjeros y chinos describieron asesinato, robo, incendio y otros crímenes de guerra. Parte de esos relatos vino de quienes se quedaron precisamente para proteger civiles. Otros son testimonios de sobrevivientes, crónicas de periodistas y diarios de campaña del propio personal militar.
En 1937 el Osaka Mainichi Shimbun cubrió, como si fuera un torneo, una «disputa» entre los oficiales Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda: competían por ser los primeros en matar a 100 personas con espada antes de la captura de Nankín. Ambos superaron el objetivo en la batalla, de modo que no se pudo decir quién había «ganado», y acordaron otra marca: 150. No era un rumor de posguerra. Era prensa japonesa contemporánea tratando la matanza como deporte. Esa misma lógica de espectáculo bélico reaparece, del otro lado del Pacífico, en piezas como Tokio Jokio, el cortometraje estadounidense que convirtió al enemigo japonés en caricatura.

Tras la rendición de 1945, Mukai y Noda fueron detenidos, juzgados como criminales de guerra por el Tribunal de Nankín y fusilados.
Violaciones en la ciudad ocupada

Se estima que unas 20.000 mujeres —otras cuentas suben hasta 80.000— fueron violadas durante las semanas de terror. Los soldados iban de puerta en puerta. Al principio, muchas víctimas eran asesinadas justo después, a menudo con mutilaciones. Niñas y niños tampoco quedaron fuera.
Retirada de las tropas, fin de la ocupación y juicio
Con el gobierno colaboracionista de 1938, el orden aparente volvió poco a poco y las atrocidades a gran escala disminuyeron. Eso no repara las seis semanas anteriores.

En febrero de 1938, el príncipe Asaka y el general Matsui fueron llamados a Japón. Matsui se retiró. Asaka permaneció en el Consejo Supremo de Guerra hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y fue ascendido a general en agosto de 1939, aunque ya no tuvo mando de combate.
Poco después de la rendición japonesa, los responsables de las tropas en Nankín fueron a juicio. Mukai y Noda, como se dijo, cayeron en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín. Iwane Matsui fue procesado por el Tribunal de Tokio por no contener a sus hombres y condenado a muerte. Hisao Tani, de la 6.ª División, fue juzgado en Nankín, declarado culpable e igualmente condenado a muerte.
Inmunidad al príncipe Asaka

El príncipe Asaka Yasuhiko, tío de Hirohito, asumió el mando de las fuerzas que tomaron Nankín cuando Matsui estaba enfermo. Se le atribuye la autorización de ejecutar prisioneros y de no frenar violaciones y saqueos. En 1946 fue interrogado; negó que hubiera habido masacre y dijo no haber recibido quejas sobre la conducta de sus tropas.
Después de la guerra, Asaka —como el resto de la familia imperial— recibió inmunidad del general estadounidense Douglas MacArthur. Matsui murió en la horca. El príncipe no pisó el banquillo.
¿Quiénes fueron los verdaderos responsables?
Los criminales de guerra japoneses comparecieron ante el Tribunal de Tokio y el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín. La lista que sigue no agota el mando, pero es la que esos procesos —y la ausencia de otros— dejaron visible.

Los responsables fueron:
- General Iwane Matsui — Tenía conocimiento de lo que hacían las tropas en Nankín y no tomó medidas, alegando enfermedad en el momento de la captura. El Tribunal de Tokio consideró que, aun enfermo, podía controlar a sus hombres. Fue ahorcado el 23 de diciembre de 1948.
- Teniente general Hisao Tani — Juzgado en Nankín. Negó las acusaciones y llegó a culpar a soldados coreanos. Fue declarado culpable de instigar masacre y violación de civiles, y fusilado el 26 de abril de 1947.
- Príncipe Kan'in Kotohito — Jefe del Estado Mayor del Ejército. Se le considera responsable de autorizar armas bacteriológicas en China, en la línea de programas como la Unidad 731. Murió en mayo de 1945, antes del final de la guerra, y no fue a juicio.
- Príncipe Asaka — Recibió inmunidad. En ausencia de Matsui, quedó al mando de la toma de Nankín.
- Teniente general Isamu Chō — Ayudante de Asaka, tenido por cómplice. Se suicidó en la batalla de Okinawa en junio de 1945 y tampoco fue juzgado.
- Kōki Hirota — No era primer ministro en diciembre de 1937: había dejado ese cargo en febrero. Durante la masacre era ministro de Asuntos Exteriores del gabinete Konoe. El Tribunal de Tokio lo condenó, entre otros cargos, por no insistir para que el gabinete detuviera las atrocidades. Fue el único civil ahorcado en esos juicios, el 23 de diciembre de 1948. La dureza de la pena sigue siendo debatida: Hirota no mandaba tropas, pero recibió partes del Ministerio de Guerra y no forzó una respuesta política.
Controversias y negación de la masacre
Grupos nacionalistas japoneses hacen revisionismo histórico y niegan que hubiera masacre, o la reducen a «incidentes» de combate. El propio gobierno japonés, sin embargo, no puede negar que tras la entrada del ejército en Nankín hubo asesinatos de no combatientes y saqueos. El desacuerdo público vive en el número, en los libros de texto y en los gestos políticos —no en si la ciudad fue sometida a un terror de semanas.
Esa postura oficial convence poco en China mientras exista la controversia del santuario Yasukuni. Allí están consagrados, entre más de dos millones de caídos, catorce criminales de guerra de clase A, Matsui incluido. Cuando figuras políticas visitan el recinto, Pekín lee un homenaje a los responsables de Nankín. Esa herida alimenta, todavía, la tensión histórica entre China y Japón —y, en otro frente de memoria imperial, también la relación enconada con Corea.

Ningún emperador de Japón ha visitado Yasukuni desde 1975, cuando Hirohito dejó de ir tras la consagración secreta de esos criminales. El emperador y la emperatriz sí asisten cada año al Servicio Nacional de Memoria de los Muertos de la Guerra, una ceremonia distinta, sin el altar de Yasukuni.
La masacre no es un «capítulo cerrado» de 1938. Es el punto en el que la victoria militar japonesa se convirtió en un crimen que Tokio juzgó a medias, que China memoriza cada 13 de diciembre y que un santuario en el centro de Tokio sigue reabriendo.
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