¿Son discriminados los extranjeros en Japón? Artículos que involucran prejuicios, racismo y xenofobia son recurrentes en nuestro sitio y siempre generan polémica. Esta vez vamos a ver ocasiones en las que los extranjeros acaban siendo discriminados en Japón.
Tenga mucho cuidado al leer este artículo: muchos lectores se toman lo que escribo demasiado en serio y generalizan, pensando que todo Japón y todos los japoneses son prejuiciosos. Recuerde que las cosas son relativas: si digo esto o aquello, estoy hablando de una minoría, no de la mayoría.
Si por alguna razón, después de leer este texto, usted piensa que los japoneses son prejuiciosos, el verdadero prejuicioso es usted. La discriminación contra los extranjeros existe en cualquier país; a veces es prejuicio, a veces tiene otro motivo. Lea sin generalizar.
Discriminación no es solo un insulto. También es diferenciar, clasificar o cerrar una puerta por una característica: nacionalidad, idioma, aspecto. Eso puede ser una actitud abierta o una regla disfrazada de «política de la casa».
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No generalice
No vamos a intentar disminuir los casos de discriminación y prejuicio en Japón: van a aparecer en los próximos párrafos, con una escritura fuerte. Solo queremos decir que no convierta un caso en un país entero.
Aunque usted encuentre japoneses que son prejuiciosos de corazón, o que actúan con prejuicio por estar en grupo y no pensar el asunto, sepa que existen otros japoneses.
Japón ronda los 124 millones de habitantes. Aunque hubiera una persona prejuiciosa de cada diez —y no estamos diciendo que ese sea el número—, todavía le quedaría mucha gente con quien hacer amistad. No deje que el odio de una docena le quite la alegría de vivir en Japón.
No estamos diciendo que exista una persona prejuiciosa de cada diez. Es muy probable que ese número sea menor. Desafortunadamente, al ser humano le gusta generalizar.
Vea, por ejemplo, los suicidios: se propagan de forma generalizada y los japoneses cargan la fama de ser un pueblo suicida. En la práctica, la tasa ronda los 15 o 16 casos por cada 100.000 personas. Es un número alto frente a algunos países, pero no basta para etiquetar a una sociedad entera.

¿Miedo de los extranjeros?
En los últimos años ha crecido el flujo de extranjeros que llegan a Japón para trabajar o estudiar. Hoy los residentes extranjeros superan los 3,9 millones —alrededor del 3% de la población— y el país los necesita porque la población japonesa envejece. Eso no significa que cada barrio, oficina o inmobiliaria haya aprendido a convivir con esa cifra.
Mientras la mayoría de esos extranjeros es recibida con los brazos abiertos, hay quien siente que lo tratan como ciudadano de segunda. No hace falta inventar un país de xenófobos: basta con un propietario que no alquila, un local con cartel de «solo japoneses» o un jefe que no llama a la entrevista.
Eso cambia si usted es turista. En el mostrador de un hotel, en un izakaya de Shinjuku o en una tienda de Akihabara, el trato suele ser cortés e incluso paciente con el japonés roto. La fricción aparece más cuando hay contrato de por medio: escuela, trabajo, vecindario, alquiler. En general, los japoneses son receptivos y atentos; el problema no es el país entero, es el punto en el que usted deja de ser visita y pasa a ocupar un espacio permanente.
Esa distancia también se entiende mejor cuando se miran los valores culturales japoneses que organizan el grupo, el silencio y el «no molestar». No es una excusa. Es el marco en el que un rechazo puede disfrazarse de precaución.

Ocasiones en las que los extranjeros son discriminados en Japón
El caso más concreto, y el que más se repite, es el alquiler. Hay edificios y apartamentos en los que el extranjero no consigue contrato por el simple hecho de no ser japonés, aunque hable el idioma y tenga nómina estable.
Una encuesta del Ministerio de Justicia de 2017, hecha entre residentes de media y larga duración, lo dejó en un número difícil de ignorar: de quienes habían buscado vivienda en los cinco años anteriores, el 39,3% dijo que le habían rechazado el contrato por ser extranjero. No es «todo Japón». Tampoco es un rumor de foro.
A veces el filtro no es un cartel. Es la inmobiliaria que pide un aval japonés, la empresa de garantía que cobra el doble o el propietario que «prefiere no arriesgarse» con alguien que, según él, no va a entender las reglas de la basura. Quien busca piso puede cruzar ese muro incluso con visado permanente. Si está pensando en quedarse de verdad, el artículo sobre comprar una casa en Japón siendo extranjero muestra otro lado de esa misma negociación.
También existen establecimientos que prohíben la entrada de extranjeros: bares, algunos onsen, locales nocturnos. A veces es idioma —nadie detrás del mostrador habla otra cosa y prefieren no atender—; a veces es una regla escrita. Las dos cosas duelen igual cuando uno está delante de la puerta.
En el trabajo, el mapa es más desigual. Hay empresas que no llaman si el currículum no parece japonés. Hay sectores —fábricas, cuidados, tiendas de conveniencia— que contratan extranjeros y, a la vez, les dejan menos margen para cambiar de puesto o negociar. No es cierto que «todo extranjero cobre menos». Sí es cierto que, en algunos contratos, la nacionalidad sigue pesando más que el mérito.
En la escuela y en la universidad el choque suele ser otro: el idioma, el ritmo del aula, la ayuda que no llega en otra lengua. Decir que «siempre pagan más» es simplificar. Decir que el sistema está pensado primero para el alumno japonés es más honesto.
El retrato en los medios y en las redes también muerde: el extranjero como problema, como ruido, como alguien que no entiende las reglas. Eso no es un informe científico; es el clima en el que un comentario en el tren o una mirada en el supermercado se vuelven más pesados de lo que deberían.
Nada de esto convierte la vida en Japón en un infierno automático. Convierte algunos trámites —piso, contrato, vecino, jefe— en una prueba de paciencia que el japonés medio no tiene que pasar. Quien quiera el panorama más amplio de xenofobia, racismo y prejuicio en Japón va a ver que el tema no empieza ni termina con el pasaporte.

¿Qué hacer si sufre discriminación en Japón?
Si usted siente que lo están discriminando, el primer paso sigue siendo hablar con la persona o con la organización. A veces el rechazo es miedo al idioma o a un trámite, no odio. Otras veces no hay diálogo posible.
Japón no tiene un equivalente de la comisión estadounidense de igualdad laboral. Lo que sí existe es el servicio de asesoramiento en derechos humanos de las Oficinas de Asuntos Jurídicos, del Ministerio de Justicia. La línea en idiomas extranjeros es el 0570-090-911. Atiende, entre otras lenguas, inglés, chino, coreano, filipino, portugués y vietnamita. El español no siempre está en la lista: si no le contestan en su idioma, pruebe en inglés o acuda a su embajada o consulado.
También puede pedir cita presencial en esas oficinas o usar el formulario de consulta por internet, disponible al menos en inglés y chino. La embajada no va a mudarle de piso, pero sí puede orientarle y, en un caso grave, apuntarle a un abogado o a un centro de apoyo local.
Si está sufriendo discriminación, recuerde que no está solo y que no todos los japoneses son así. Probablemente está en un ambiente equivocado. Busque apoyo en amigos, en otros extranjeros que ya pasaron por el mismo filtro y, si hace falta, en alguien que hable japonés y pueda traducir el conflicto sin convertirlo en un escándalo.
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