¿Conoces a las pandillas y a los delincuentes japoneses? Hay varios tipos, con nombres propios como yankii, bosozoku y sukeban, y no se parecen a las bandas que Hollywood pinta en las esquinas de Nueva York o Los Ángeles.
Algunos no pertenecen a una pandilla y actúan por su cuenta en la calle o haciendo bullying en la escuela. Da igual si el delincuente japonés es el matón del colegio, un motociclista o la jefa de un grupo de chicas: el visual cambia, el código también, y Japón les puso etiqueta a casi todos.
Todos acaban teniendo cosas en común y, aun así, se diferencian bastante de los delincuentes occidentales. Algunos ni siquiera parecen delincuentes a primera vista, por eso conviene mirar el gesto, el uniforme y el apodo antes de mezclarlos con la yakuza.
Los animes, doramas y películas insisten en un delincuente estándar: cara de pocos amigos, pelo teñido, peinado estruendoso y blusa desteñida. Esa imagen ayuda a reconocer el tipo, pero no cuenta cómo se llaman entre ellos ni qué tribu queda de verdad en la calle.

Índice 8
Tipos de delincuentes en Japón
A los delincuentes en Japón se les suele llamar yankii (ヤンキー), una referencia a yankee, la palabra que en Estados Unidos marca a ciertos ciudadanos. Los japoneses acabaron adoptándola por las manías visuales de esa subcultura: pelo decolorado, uniforme estirado y una rebeldía que se lee de lejos.
Yankii ya se usó en Kansai, hacia 1975, para hablar de pobres. Luego sirvió para señalar a japoneses que imitaban a los americanos, hasta que el término se quedó en los jóvenes rebeldes que no siguen las normas escolares. La película Kamikaze Girls (Shimotsuma Monogatari) retrata bien esa vida yankii, con el choque entre una chica de pandilla y otra de estilo lolita.
Hay varias subculturas, pandillas y tipos de delincuente que se pueden listar. Abajo van, en corto, algunos términos del japonés y qué figura evoca cada uno.

- Bosozoku — pandillas de motociclistas salvajes;
- Bancho (番長) — el líder, casi siempre masculino, de un grupo de delincuentes escolares;
- Tsuppari (ツッパリ) — término de los años 70 para los chicos malos que se plantaban contra la escuela;
- Sukeban — la jefa o la pandilla de chicas delincuentes;
- Yakuza — la mafia japonesa, otro mundo y otra jerarquía;
- Gyaru — un estilo de moda y cultura que puede volverse agresivo, aunque no es una pandilla en sí;
- Hashiriya — corredor de calle, un movimiento cercano al bosozoku;
- Ijime — bullying en las escuelas japonesas, no el nombre de una banda;
- Furyo (不良) — delincuente o persona “no buena”, en sentido amplio;
- Chinpira — pequeño yakuza, aprendiz, punk o delincuente de rango bajo.
Cómo reconocer a un joven de pandilla en Japón
Hay tantas marcas en estas pandillas juveniles que es difícil describir todos los detalles. Aun así, el cuerpo suele delatar antes que el carnet.
Los yankii y otras subculturas de pandilla tienen la costumbre de agacharse en una pose llamada unko zuwari o yanki zuwari. Parece una posición fecal: el trasero cerca del suelo, las piernas abiertas y una actitud de “aquí mando yo”. Si has visto anime de delincuentes, ya la conoces.

Los que siguen una de estas culturas suelen llevar bandanas, mascarillas quirúrgicas, piercings y joyas de más. Algunos meten los pantalones en las botas o los enrollan en la rodilla.
Otros se hacen cicatrices y tatuajes para parecer más duros. Las delincuentes, en cambio, retuercen el uniforme escolar: bufanda, medias sueltas y, en el caso sukeban clásico, falda alargada hasta cerca del tobillo, no la minifalda que el cine a veces les pega encima.
El comportamiento es el que esperas: pelear, alterar la paz y chocar con la sociedad. Entre sus aficiones aparecen el béisbol, las motos, la lucha y las artes marciales.
Nadie necesita un disfraz completo para ser delincuente: la actitud basta. La yakuza, por cierto, no suele llevarse bien con estos jóvenes. Ellos se consideran profesionales; los chicos, en su lectura, solo quieren hacerse los punk.

Hasta personas legales y, en el fondo, inofensivas pueden acabar etiquetadas. Quien no obedece las reglas, no encaja con los demás o simplemente parece distinto suele ser llamado furyou (不良): no bueno, inferior, delincuente. En Japón la palabra pesa más que un corte de pelo.
Bosozoku: los jóvenes rebeldes de la moto
¿Te cabría en la cabeza que un país tan disciplinado como Japón tuviera una subcultura de delincuentes merodeando, haciendo bulla y dando trabajo a la policía? Esa es la postal estereotipada de los motociclistas que, encima, juran tener una buena causa.
Pues Japón también tiene a los suyos. Los bosozoku son pandillas que personalizan motos, cometen infracciones de tráfico y, en algunos casos, rozan el mundo de la yakuza. No son la mafia: son la versión ruidosa, joven y a menudo menor de edad de esa rabia de barrio.

Origen y actividades de los bosozoku
El término bosozoku (暴走族) se popularizó en los 70 y significa, en literal, “tribu fuera de control”. El fenómeno viene de los 50, cuando Japón se recuperaba de la guerra y la industria automotriz crecía. Jóvenes de clase baja se juntaban para soltar la insatisfacción en la carretera.
Al principio se bautizaron kaminari zoku (雷族), “tribu del trueno”, por el ruido de las motos sin silenciador. La motivación era la rebeldía típica contra las normas. Como muchos bosozoku eran menores —en aquella época la mayoría de edad civil en Japón era 20 años, y solo bajó a 18 en abril de 2022—, algunos ni siquiera iban a “luchar por la libertad”: querían un grupo al que pertenecer.

¿Sabes esa necesidad juvenil de formar parte de un colectivo? Pues eso. En el fondo, un club de barrio con escape libre. Fueron en las décadas de 80 y 90 cuando ganaron notoriedad de verdad: vandalismo serio y cara a cara con la policía. Grupos como Black Emperor, Specter o Piero Hairpin Circus quedaron en la memoria de esas marchas.
Claro que ellos afirman hacer todo eso por una buena causa, lo que suena genial, pero personalmente no me simpatizan quienes cometen un error para justificar o pelear otros. Tal vez hablo un poco mal de los bosozoku; espero que no te ofenda.
En 1982 se contaban 42.510 bosozoku y solían deambular en manada. Armar pelea, ensordecer el barrio, saltarse el semáforo, sacar una carrera: el menú de siempre para que la sociedad los mirara.
Los bosozoku se tratan como familia y se cuelgan principios a la manera de la yakuza, aunque no sean yakuza.
¿Cómo se visten los bosozoku?
Suelen llevar un uniforme que parece el mono de un obrero o un tokkō-fuku (特攻服), una especie de sobretodo militar bordado con eslóganes en kanji. Pantalones anchos y botas militares cierran el conjunto. Las motos las decoran hasta parecer un desfile de escuela de samba: faros de más, escape al cielo y pintura que grita el nombre del grupo.

Hoy, para quien gusta del silencio, los bosozoku están muy mermados. El giro fuerte llegó en 2004, cuando el gobierno endureció las leyes de tráfico y dio más margen a la policía para detener. En 1982 había más de 40.000; en 2011 la cifra oficial rondaba los 9.064. Recuentos posteriores siguieron bajando.
Las medidas hicieron que las pandillas de motociclistas se encogieran. Quedaron grupos pequeños y, en vez de la moto bestia, a veces aparece el scooter. La Agencia Nacional de Policía llegó a tratar a algunos de estos grupos como organizaciones “casi yakuza”, otro recorte que enfrió el espectáculo.
Aun así, hay vecinos que todavía se despiertan con el ruido de noche. El cine y el anime los guardaron mejor que la calle: Akira y Tokyo Revengers beben de esa estética, y el yankii de instituto sigue llenando mangas como Crows o Be-Bop High School. Se cree que las pantallas y los juegos también quitaron reclutas: más de uno gasta el dinero en casa, no en un escape ilegal.
De pandilla peligrosa pasaron, en muchos barrios, a un grupito más amistoso. Siguen siendo ruidosos y todavía tienen sus objetivos. ¿Has cruzado a algún bosozoku? ¿Qué te quedó de esos motociclistas salvajes?

Sukeban: las pandillas de las chicas japonesas
¿Has oído hablar de las sukeban (スケバン / 女番), las pandillas de chicas delincuentes japonesas? Con más precisión, el término nombra a la líder de ese grupo, aunque la gente acabó usándolo para toda la manada. En el siglo pasado estas bandas eran noticia. Hoy están casi extintas como fenómeno callejero y sobreviven sobre todo como estereotipo y moda.
La palabra circuló a finales de los 60. En la yakuza y en otras pandillas de Japón casi no se permitía a las mujeres. Eso las empujó a armar las suyas. Ahora la sukeban actúa más como pose entre jóvenes; antes no era solo pose.
El periodista Jake Adelstein, que lleva años cubriendo crimen en Japón, lo resume así: en una cultura desviada y muy masculina, que existieran pandillas de chicas ya era raro. El mundo hablaba de feminismo y liberación, y ellas también se sintieron con derecho a rebelarse como los chicos. No es un manifiesto académico: es una lectura de quien ha visto el otro lado de la calle.

El estilo de vida sukeban
A diferencia de muchas pandillas masculinas, más centradas en la pelea entre rivales, las sukeban sostenían un código propio, organizado y severo. Cada grupo tenía jerarquía y castigos. Había valores morales —a su manera— y se aferraban a ellos.
Se las reconocía por el pelo teñido o un peinado llamativo. La mayoría llevaba el uniforme escolar casi todo el día. La ropa provocativa y el maquillaje pesado, al principio, estaban mal vistos. Empezaron en grupos chicos, colando cuchillos y cigarrillos en la escuela. Luego crecieron en número y en delito. Había bandas de 50 a 80 chicas. Un grupo conocido como la Alianza de Mujeres Delincuentes de Kanto decía tener cerca de 20.000 miembros.
El fenómeno tocó techo en los 70 con el grupo más temido de la época. Se llamaba K-Ko the Razor y venía de Saitama, en el área de Tokio. El apodo apunta al arma: una navaja que enrollaban en un paño y escondían entre los senos. Ningún otro grupo alcanzó esa fama. Acabó rozando la leyenda urbana.

Reglas, castigos y fama
Entre las sukeban había muchas reglas. Romperlas podía terminar en un “linchamiento” interno, con grados. El castigo “leve” era apagar un cigarrillo en la piel. El “medio” llegaba a las partes íntimas. Cada pandilla afinaba su menú.
Las causas variaban: despreciar a las más antiguas, hablar con enemigas, que te pillaran con drogas. La más común era meterse con el sexo opuesto. Engañar a un novio casi garantizaba el linchamiento. Estas chicas actuaban y parecían mayores de lo que eran. Otro dato que choca: en noviazgo, romance y sexo se mostraban bastante conservadoras.
Con el tiempo las pandillas se fueron apagando y las participantes se integraron. Los medios, eso sí, se quedaron con el disfraz. Cine pinky violence, el manga y el drama Sukeban Deka, animes y hasta videojuegos reciclaron a la chica de falda larga y navaja. Hasta hoy quedan restos de esa pose en la cultura pop y, de vez en cuando, en un uniforme escolar estirado de más.
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