Insectos populares en Japón y su fascinación cultural

De las cigarras a las luciérnagas: por qué los japoneses miran a los insectos con ojos muy distintos a los nuestros

En Japón, la fascinación por los insectos forma parte de la vida cotidiana de una forma que suele sorprender a quien llega por primera vez. Desde niños pequeños hasta personas jubiladas, muchos japoneses tratan a estos pequeños seres con un cariño que a los de afuera puede parecer casi sentimental, aunque cualquiera que haya crecido en Tokio en julio lo reconoce al instante. El coro ensordecedor de las cigarras junto al departamento de la familia, el primer intento torpe de atrapar un escarabajo con una red hecha a mano, la emoción callada de una luciérnaga parpadeando junto al río: no son recuerdos de nicho, forman parte de una banda sonora nacional compartida. Sobre todo los niños se vuelven locos por la fuerza, la testarudez y la rareza de los insectos, y la caza de bichos sigue siendo uno de los rituales favoritos del verano escolar japonés. Con un kit pequeño (red, cajita de cebo, tal vez una lupa barata) la persecución se vuelve una aventura en miniatura. Y fue precisamente ese hobby el que, según cuentan, inspiró a Satoshi Tajiri a convertir su propia pasión infantil por coleccionar insectos en la idea de Pokémon.

En este artículo quiero llevarte por algunos de los insectos más queridos de Japón, escuchar sus cantos y tratar de explicar por qué aquí significan mucho más que simples “bichos que viven en el jardín”.

Mosaico de los insectos más populares de Japón: cigarras, escarabajos y luciérnagas dispuestos sobre un fondo claro
Índice 10

Cigarras — Semi

¿Hay algún sonido que defina el verano japonés tanto como el canto insistente de las cigarras? En japonés se llaman semi (蝉) y son la verdadera insignia de los meses calurosos. El zumbido monótono, casi abrumador, aquí no se percibe como una molestia: se escucha como un recordatorio melódico del calor, de las noches pegajosas y de lo fugaz de la estación. Es, si quieres, el papel tapiz acústico de cada natsuyasumi, las vacaciones escolares de verano.

Japón alberga más de 350 especies de cigarras, que se dejan ver desde las zonas rurales hasta las calles ajetreadas de Tokio. Algunas de las más conocidas son la Abura-Zemi, con un canto grave y profundo, y la Min-Min-Zemi, cuyo sonido sube a tonos más agudos y metálicos, casi como un timbre lejano. La vida adulta de la cigarra es brevísima: tras pasar años bajo tierra alimentándose de raíces, emerge durante unas pocas semanas para cantar, reproducirse y desaparecer. Esa existencia comprimida, ese aparecer y desaparecer en plena canícula, conecta de manera natural con un concepto muy querido en la cultura japonesa: el mono no aware, esa sensibilidad agridulce ante lo bello precisamente porque es pasajero. Por eso la cigarra no se asocia solo con el ruido del verano, sino también con una forma discreta de recordarnos que todo brilla porque se acaba.

Primer plano de una cigarra japonesa posada sobre una rama, con las alas transparentes y el cuerpo marrón oscuro

Escarabajos — Kabuto-mushi y Kuwagata

Si las cigarras son la banda sonora del verano, los escarabajos son su juguete estrella. Dos nombres resumen casi todo el fenómeno: kabuto-mushi (カブトムシ) y kuwagata (クワガタ). El primero es el famoso escarabajo rinoceronte japonés, con ese cuerno curvado hacia delante que parece sacado de una armadura samurái; de hecho, su nombre significa literalmente “insecto kabuto”, por el casco que usaban los guerreros. El segundo es el escarabajo ciervo, famoso por sus enormes mandíbulas en forma de pinza que los machos usan en combates rituales. Ambos pueden verse en cualquier insecto de la ciudad, casi siempre apiñados en cajitas de plástico ventiladas con trocitos de manzana o jalea de kuromitsu.

Kabuto-mushi — el gigante del verano

El kabuto-mushi es robusto, pesado y sorprendentemente fuerte: un adulto puede levantar varias veces su propio peso, algo que vuelve locos a los niños que ven en él un pequeño luchador de sumo. Su temporada alta va de junio a agosto, y durante esos meses lo verás en venta en cualquier konbini o tienda de mascotas. Los criadores experimentados ajustan la temperatura, la dieta (jalea de frutas, por ejemplo) y el espacio de la caja para conseguir escarabajos más grandes, en una afición que roza lo obsesivo y que mueve ferias y competiciones locales en varias prefecturas.

Kuwagata — mandíbulas y combate

El kuwagata, en cambio, conquista por sus mandíbulas. Hay aficionados que miden la envergadura al milímetro, que crían líneas genéticas durante años y que llevan a sus mejores ejemplares a combates amistosos en los parques los fines de semana. Aunque los torneos más serios tienen reglas para no dañar a los animales, lo que está en juego es casi deportivo: ver a dos machos forcejear, abrir y cerrar esas pinzas, decidir quién “gana” sin hacerse daño de verdad. Es un pasatiempo mucho más popular entre los niños de lo que solemos imaginar desde fuera.

Escarabajo kabuto-mushi macho, con su característico cuerno curvado, sobre un lecho de virutas de madera
Varios escarabajos kuwagata en una caja de cría, mostrando las distintas formas de las mandíbulas

Mushi en la vida cotidiana

El término genérico para insecto en japonés es mushi (虫), y aparece en expresiones, productos y lugares que uno no espera. Hay un sushi llamado kabuto-mushi no sugata en algunos menús de izakaya, hay caramelos de miel con sabor a mushi para los más pequeños, hay ilustraciones de insectos en la papelería escolar y hasta hay hoteles rurales que ofrecen experiencias de observación de luciérnagas como parte de su oferta de verano. La palabra mushi se desliza, casi sin que te des cuenta, por los nombres de mangas, series de animación y juegos. El famoso mushi-shi (蟲師), por ejemplo, es un manga y una serie de animación donde los insectos son la puerta a realidades casi místicas.

Incluso la palabra “mushi-kyō” (虫嫌い) —aversión a los insectos— se entiende aquí como un detalle de carácter, no como una rareza. Casi todo el mundo tiene su umbral: los hay que adoran a los escarabajos y les tienen pánico a las avispas, los hay que pasan el verano fotografiando libélulas y huyen despavoridos de las polillas gigantes. Lo curioso es que, sea cual sea tu relación personal con los bichos, la cultura los da por sentados. Forman parte del paisaje emocional del año.

Luciérnagas — Hotaru

Cuando el calor afloja y empieza a anochecer antes, llegan las luciérnagas, conocidas en japonés como hotaru (蛍). No son tan abundantes como en el pasado, pero todavía hay ríos, estanques y arroyos donde, a finales de mayo o principios de junio, se pueden ver esos destellos amarillentos flotando entre los juncos. La especie más común en Japón es la Genji-hotaru, famosa por sus pulsos largos y delicados, aunque en algunas zonas del oeste también aparece la Heike-hotaru, con destellos más cortos y rápidos.

En la cultura japonesa la luciérnaga tiene un simbolismo particular: su luz se asocia a veces con el alma de los difuntos, y hay festivales enteros dedicados a ella, los hotaru matsuri, en los que la gente se sienta en silencio a orillas del río para ver brillar a los insectos. Uno de los más conocidos es el de las afueras de Tokio, en lugares como el río Sumida o las áreas rurales de la prefectura de Saitama, pero también los hay en Kioto, en Hiroshima y en pequeñas aldeas de montaña. Es una experiencia casi meditativa: el canto del agua, el murmullo del follaje y, de pronto, ese pequeño parpadeo verde-amarillo que aparece, se apaga y vuelve a aparecer en otra rama.

Luciérnagas brillando entre los juncos a la orilla de un río japonés al atardecer

Libélulas — Tombo

Las libélulas, llamadas tombo (トンボ) en japonés, son otra de las estrellas del verano. Hay más de 200 especies registradas en el país, y se las ve en estanques, arrozales y ríos lentos, patrullando el aire con ese vuelo brusco y elegante que parece un pequeño dron biológico. Una de las más llamativas es la akane-tonbo (Sympetrum infuscatum), de cuerpo rojo intenso, que aparece sobre todo a finales del verano y se ha convertido casi en un sinónimo visual del mes de agosto.

En la literatura clásica japonesa la libélula es un símbolo curiosamente positivo: se asocia con la victoria, la fuerza y la ausencia de maldad, en parte porque según la tradición solo se posa sobre cosas limpias. De ahí que el avión de entrenamiento Kawanishi N1K de la Segunda Guerra Mundial recibiera el apodo de “Shiden” (紫色) y que el famoso samurái Naomasa Honda fuera conocido como “el general libélula”. Para los niños, además, perseguir libélulas con una red ligera es un pasatiempo tan natural como perseguir mariposas en otras partes del mundo.

Libélula japonesa de cuerpo rojo posada sobre una rama fina, con las alas extendidas

Mariposas — Chō

Las mariposas, llamadas chō (蝶) en japonés, tienen un lugar algo más discreto que las cigarras o los escarabajos en el imaginario veraniego, pero siguen siendo importantes. La más llamativa es, sin duda, la ō-ōmurasaki, una gran mariposa morada que vuela sobre todo en los bosques y parques de montaña. También está la mariposa del árbol del té, la cha-no-ha-ageha, y la pequeña shijimi, de un azul iridiscente precioso cuando le da la luz.

En el lenguaje cotidiano, la palabra chō aparece en expresiones tan comunes como chō-chan (el sufijo cariñoso para referirse a una niña pequeña) o en nombres de productos, restaurantes y series animadas. Hay un dicho popular que dice que “las mariposas traen buena suerte y los murciélagos mala suerte”, y aunque nadie se lo toma literalmente, forma parte de ese fondo cultural que mezcla observación natural y superstición suave. Para los más pequeños, perseguir mariposas en un prado al final de la tarde sigue siendo una de esas pequeñas alegrías de verano que no necesitan explicación.

Mariposa japonesa de gran tamaño con alas moradas y bordes blancos, posada sobre una flor silvestre

Los insectos y Pokémon

No se puede hablar de insectos en Japón sin mencionar a Pokémon. La saga que Satoshi Tajiri creó a partir de su infancia de cazador de bichos está literalmente inspirada en esa pasión: el propio Tajiri dijo muchas veces que, de niño, quería “ser un entrenador de insectos”, y que la frustración de no poder encontrar las mismas criaturas año tras año lo empujó a imaginar un mundo donde esa fauna se pudiera llevar en el bolsillo, intercambiarla y coleccionarla.

Basta mirar la Pokédex para entenderlo: Butterfree es una mariposa gigante, Beedrill un cruce de avispa y escarabajo, Pinco una cucaracha de mochila, Ledyba una mariquita de tipo bicho, y los Scyther, Scizor y compañía beben de los kuwagata y otros insectos con pinzas. Incluso criaturas como Yanmega, una libélula gigante, o Joltik, basado en una araña saltarina, son guiños directos al catálogo natural japonés. Para un niño de Tokio o de Osaka, los insectos no eran un universo ajeno: eran el molde natural desde el que se podía soñar un mundo entero de monstruos coleccionables.

Por eso, cuando ves a un crío de ocho años corriendo por un parque con una red, es fácil ver en él a un futuro entrenador. El gesto es casi un ritual: extender la red, atrapar al insecto, observarlo con cuidado, dejarlo ir o guardarlo un rato. Esa misma cadena de acciones, en otra escala, alimenta una industria global. La fascinación por los bichos no se queda en el verano: se transforma, se reinventa y vuelve, generación tras generación, en nuevas formas.

Un verano de mushi

Al final, lo que vuelve especial a Japón en este tema no es la cantidad de insectos, sino la manera de mirarlos. En muchos otros países un escarabajo en la mano es motivo de grito; aquí, en cambio, es motivo de orgullo. Una luciérnaga junto al río no es un espectáculo raro, es un programa de verano. Una cigarra en la rama no es ruido, es banda sonora. Esa diferencia, tan sutil en el papel, es la que convierte un paseo nocturno por cualquier pueblo de montaña en una experiencia cultural además de natural.

Si alguna vez viajas a Japón entre junio y agosto, te recomiendo llevar una red pequeña, prestar atención a los sonidos del atardecer y, sobre todo, sentarte un rato junto a un río al anochecer. Los hotaru aparecen cuando menos te lo esperas, y ese parpadeo dorado explica mejor que ningún libro por qué los japoneses llevan siglos escribiendo poemas, canciones y series enteras sobre estos pequeños vecinos de seis patas. Si tú también creciste cazando bichos, probablemente te sentirás como en casa. Si nunca lo hiciste, prepárate para mirar el mundo —y el verano japonés— con otros ojos.

Fuentes
Kevin Henrique

Sobre el autor: Kevin Henrique

Especialista con más de 10 años de experiencia en cultura asiática, con foco en Japón, Corea, anime y juegos. Autodidacta, escritor y viajero centrado en enseñar japonés, consejos de turismo y curiosidades profundas.

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