En muchos países de Occidente el tatuaje y el piercing ya se ven como una moda corriente. En Japón todavía pueden cerrarte la puerta de un baño público, un gimnasio, una piscina o un club. Casi nadie vincula un aro con la mafia japonesa. Un tatuaje, en cambio, carga con esa asociación, y por eso pesa más a la hora de entrar.
Esa diferencia aparece antes en el colegio que en la calle. El reglamento mira el pelo, los piercings y cualquier marca visible. Quien los lleva teme el comentario del pasillo y, sobre todo, quedar señalado como alguien que se sale de la fila.
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De marca de preso a símbolo de la yakuza
A partir de 1720, en el período Edo, el tatuaje sirvió también como castigo: una marca en la frente o en los brazos identificaba a quien había delinquido. Entre la gente común, esa práctica alimentó el recelo, al mismo tiempo que el tatuaje decorativo crecía entre quienes apagaban incendios, los mensajeros y algunos actores de kabuki.
En 1872 el gobierno Meiji prohibió tatuar y tatuarse. Temía que los visitantes de fuera vieran una señal de atraso en los cuerpos cubiertos de tinta y en los baños compartidos por hombres y mujeres. La prohibición se levantó en 1948, bajo la ocupación posterior a la Segunda Guerra Mundial. El oficio pudo volver a trabajar a la luz, pero la sospecha no se fue con la ley.
Lo que quedó unido al crimen organizado fue el irezumi de cuerpo entero, el dibujo que durante años se asoció a miembros de la yakuza. Un piercing en la oreja no cuenta esa historia. Por eso el rechazo al aro y el rechazo al tatuaje grande no nacen del mismo sitio, aunque en un baño acaben pareciéndose.
El colegio, el pelo y Horimiya
En muchas escuelas japonesas el reglamento interno prohíbe los piercings y teñirse el pelo. La norma es del centro, y no todos la aplican con la misma dureza. Durante años el aspecto esperado fue el pelo negro natural, sin aros y sin tinta a la vista. Quien llegaba con otro color o con un pendiente pasaba, con facilidad, por alguien que buscaba problemas.
El manga Horimiya muestra ese cuidado en un personaje. Izumi Miyamura esconde los tatuajes del cuerpo bajo el uniforme de invierno y tapa los piercings de las orejas y del labio con el pelo largo. Le preocupa lo que dirán los compañeros y, en el extremo, una expulsión. Para quien creció viendo aros y tatuajes pequeños por la calle, la escena puede parecer desmedida. Dentro de ese reglamento, es una precaución.
El trabajo y las ciudades grandes
Para un adulto el recelo se muda al trabajo. En muchos empleos de cara al público, un tatuaje visible o un piercing llamativo se lee como poco profesional, porque el local teme la lectura que hará el cliente. Quien quiere el puesto suele cubrir el dibujo o dejar el aro en casa.
En las ciudades grandes hay más margen. Allí se cruzan estilos, y una persona con tinta o con varios piercings encuentra bares, tiendas y círculos donde nadie le pide cuentas. Ese refugio existe y es local. El cartel del baño de al lado puede seguir diciendo que no.
¿El visitante también se queda fuera?
La negativa también alcanza a quien viene de fuera. La Agencia de Turismo de Japón miró el tema porque turistas con tatuajes pagaban un baño y no podían usarlo. El 21 de octubre de 2015 publicó una encuesta enviada a 3.768 hoteles y ryokan, las posadas tradicionales. Respondieron 581, un 15,4 %. Entre quienes contestaron, el 55,9 % rechazaba el baño a quien llevara tinta, el 30,6 % lo permitía y el 12,9 % lo permitía con condiciones, por ejemplo tapando el dibujo con una pegatina.
Esas cifras valen para los que respondieron, no para todos los baños del país. No apareció después una encuesta nacional del mismo corte que permita leerlas como el mapa de hoy. Entre quienes rechazan el baño, el 58,6 % dijo decidirlo por su cuenta, por decoro o por higiene. Otro 13,0 % seguía un acuerdo del sector y un 9,3 % decía actuar por un pedido de la policía o del ayuntamiento.
El 16 de marzo de 2016 la misma agencia publicó una nota sin fuerza de ley, pensada para los viajeros extranjeros. Los ejemplos eran un parche para cubrir la tinta, un horario aparte o un baño privado. Según explicó el organismo al Japan Times, el llamado no pedía a los locales que aceptaran a los japoneses tatuados. En 2013, en el onsen de Ishikari, en Hokkaido, negaron la entrada a una mujer maorí de Nueva Zelanda por el tatuaje tradicional del rostro. Ese caso hizo visible la queja de los visitantes.
Si vas a un onsen, pregunta antes de desvestirte. Un dibujo pequeño a menudo se resuelve con una pegatina. Uno grande pide un baño privado u otro local. Cada local escribe su propia norma, y el cartel de la entrada es el que vale para ese baño.
Un aro en la oreja rara vez se lee como marca de la mafia, y en una ciudad grande puede pasar sin comentario. En el colegio y en un empleo de cara al público el aro también puede estorbar. En el baño, el cartel nombra sobre todo la tinta.






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