De vez en cuando aparecen estereotipos que dicen que los japoneses son todos iguales. Lo mismo ocurre con otros países de Asia, donde afirman que todos tienen la misma cara o se parecen. ¿Será que esto es verdad?
Estoy de acuerdo en que, hasta hoy, todavía tengo dificultades para diferenciar la nacionalidad de un asiático solo viendo a la persona. Pero el caso de este tema es el reconocimiento fácil de personas de una misma nacionalidad.
Supongamos que conoces a un japonés. ¿Serás capaz de encontrarlo en medio de la multitud si se pierde? Si un grupo de amigos japoneses se toma una foto juntos, ¿se confundirán a la hora de identificarse?
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¡Los japoneses no son iguales!
De la misma forma que imaginamos a los japoneses todos iguales y parecidos, en Asia piensan lo mismo de europeos y de otras nacionalidades occidentales. Todo esto ocurre por un fallo bastante común del cerebro.
Ese sesgo tiene nombre: efecto de raza cruzada, también llamado efecto de la otra raza. Un patrón repetido en estudios de reconocimiento facial: europeos y japoneses recuerdan con facilidad las caras de su propia etnia y se atascan con las demás.
La misma dificultad que muchos europeos tienen para identificar fotos de personas del este de Asia, mucha gente en Japón la tiene con fotos de europeos. El estereotipo viaja en los dos sentidos.

No fue solo un test de memoria. El sistema visual que se ocupa de las caras —incluido el córtex extraestriado— gasta más esfuerzo cuando el rostro no encaja en el catálogo con el que creciste. De ahí la sensación de que “todos se parecen”: el cerebro no está flojo, está poco entrenado en esas diferencias.
Por eso hay japoneses que miran a un grupo de rubios europeos y se preguntan cómo consiguen diferenciarse unos de otros. El comentario suena extraño solo hasta que te das cuenta de que es el mismo que se oye al revés.
¿Los japoneses no se parecen?
Claro que hay rasgos que, vistos de lejos, agrupan. El cabello oscuro es muy frecuente, y en una foto de grupo el uniforme o el traje negro hacen el resto. Eso no convierte a cada persona en la misma cara: es el mismo truco visual que iguala a un equipo de fútbol o a una oficina entera de traje.
Viniendo de Brasil, un país de mezcla enorme de orígenes, la comparación es tramposa. Crecer entre muchas etnias no te entrena solo para leer caras japonesas si casi no las ves de cerca. La diversidad de casa no borra el sesgo; solo cambia con qué caras practicaste de pequeño.
Por experiencia propia, yo diferenciaba con facilidad a mis amigos japoneses en la multitud, porque ya estaba acostumbrado a ver su cara. Al convivir entre japoneses se nota que tienen caras bien distintas unas de otras. No es magia: es práctica.

Muchos se salen del patrón con ropa y cortes de cabello distintos. Algunos hasta se tiñen el pelo. Aun así, en la calle sigue habiendo mucha gente con el mismo corte corto y la misma ropa de oficina, y eso uniforma aún más la impresión de etnia, aunque las caras no sean iguales. El estereotipo se alimenta también de eso, no solo del hueso de la cara. Quien quiera ver cómo se construyen otros mitos sobre la cultura japonesa encuentra el mismo mecanismo: agrupar primero, mirar después.
No basta vivir entre los japoneses
Los estudios coinciden en un punto antipático: aunque te mudes a Japón, puedes seguir encontrando a la gente parecida. El cerebro necesita entrenarse de verdad para notar las diferencias, de la misma forma que consigues diferenciar a tus amigos.
Nacemos en un ambiente y, desde bebés, vemos los mismos estilos de cara. Esa práctica diaria ayuda a identificar las pequeñas diferencias de cada uno. Mudarse no instala el filtro de la noche a la mañana: hace falta trato real, no solo cruzarse en el andén.
Quien rara vez viaja o casi no convive con personas del este de Asia acaba reforzando la idea de que todos son parecidos o iguales. Yo mismo no meto a los japoneses en el mismo saco porque convivo con la cultura japonesa. Con grupos que veo poco, el sesgo puede volver sin avisar.
Lo mismo ocurre dentro de un país. Hay quien jura que toda la gente de otra región se parece. En Brasil se nota entre estados; en España o en Latinoamérica pasa con el norte y el sur, con una ciudad y otra. El cerebro agrupa lo que no practicó.
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