Japón es famoso por sus innumerables festivales, que se celebran a lo largo de todo el año. Los matsuri más comunes resultan fáciles de seguir para cualquier visitante: fuegos artificiales, fiestas en santuarios, reuniones bajo los cerezos en flor y danzas tradicionales. Pero junto a ellos existe un grupo más reducido de festivales que, al primer contacto, pueden sorprender. No son extraños por provocación: suelen llevar asuntos cotidianos —el cuerpo, la fertilidad, la salud, la relación entre las personas y la naturaleza— a una forma ritual que resulta poco familiar en Occidente.
Si se les da un poco de contexto, se entiende enseguida que la mayoría están profundamente enraizados en la historia religiosa y agrícola de Japón. Muchos proceden del shintō, otros mezclan shintō y budismo, y algunos son herederos de tradiciones animistas regionales más antiguas. Los ocho ejemplos que siguen están entre los matsuri inusuales más comentados del país —de Hokkaido a Okinawa, de la siembra del arroz a la Nochevieja—. No podrás asistir a todos en un solo viaje, pero visitar uno te enseñará mucho más sobre cómo celebra Japón que cualquier guía turística.

Índice 9
Hokkai Heso Matsuri — el festival del ombligo en Furano
En la ciudad de Furano, en el interior de Hokkaido, el Hokkai Heso Matsuri se celebra desde 1969 el último fin de semana de julio (normalmente los días 28 y 29). Su nombre significa literalmente “festival del ombligo”, y la idea es sencilla: Furano está cerca del centro geográfico de Hokkaido, así que la ciudad se presenta a sí misma como el “ombligo” de la isla. Los participantes pintan una cara sobre su propio ombligo, le añaden un cuerpo con un traje especial y salen a la calle a bailar y competir por premios.
Cada año se reúnen en torno a 5.000 personas para exhibir sus barrigas pintadas en pleno centro de Furano. Es, a la vez, una broma visual y un homenaje kitsch al orgullo local: la “cara” de cada barriga tiene su propio cuerpo, así que durante dos días la ciudad parece poblada de muñecos cabezudos hechos con personas. Para el visitante es, sobre todo, una buena excusa para mezclarse con la comunidad y ver a vecinos de todas las edades disfrazados con una soltura que en otros países resultaría impensable.
Kanamara Matsuri — el festival de la fertilidad en Kawasaki
El Kanamara Matsuri, celebrado el primer domingo de abril en el santuario Kanayama de Kawasaki, es probablemente el festival japonés inusual más conocido en el extranjero. Su origen se atribuye a una leyenda del siglo XVII: los herreros del santuario acudían a una divinidad llamada Kanayago para que les protegiera de los cortes y las lesiones de forja, y se dice que ofrendaban un símbolo fálico de metal en acción de gracias. Con el tiempo, esa ofrenda se convirtió en el centro de una procesión anual.
Hoy, sacerdotes shintō sacuden tres mikoshi con piezas de metal rosa y negro con forma fálica por las calles que rodean la estación de Kawasaki. Cientos de personas hacen fotos, compran piruletas, bananas cubiertas de chocolate y otros recuerdos con el mismo motivo, y se acercan al santuario para rezar por la fertilidad, un parto seguro o la salud sexual. Desde 2018, parte de la recaudación se destina a campañas de prevención del VIH, lo que forma parte de la identidad moderna del festival. Para muchos visitantes occidentales este es el momento en que Japón deja de parecer “solo” exótico y empieza a parecer profundamente distinto a lo que esperaban.
Hitorizumo Matsuri — el sumo de la cosecha en Ehime
En la prefectura de Ehime, el 5 de mayo —el Día de los Niños en Japón—, el santuario Ōyamazumi de la isla de Ōmishima celebra el Hitorizumo Matsuri, una peculiar versión del sumo. La tradición consiste en una pelea simbólica entre un solo luchador de sumo y un rival invisible: el espíritu de la cosecha del arroz. Como el “oponente” no se ve, se entiende que es el luchador quien debe demostrar, con su técnica, que el arroz prosperará ese año.
El rito tiene cientos de años de antigüedad y se enmarca en un conjunto de ceremonias agrícolas shintō que unen fertilidad, prosperidad y protección de la comunidad. En la práctica, lo que verás es a un rōkishū (luchador de sumo retirado o de bajo rango) enfrentarse a un espacio vacío con los mismos gestos del dohyō: sentadillas ceremoniales, pisadas fuertes y, sobre todo, la presión ritual de “ganar” la partida sin adversario. Es uno de los ejemplos más curiosos de cómo el sumo, más que un deporte, funciona como un lenguaje simbólico en el calendario agrícola japonés.
Hadaka Matsuri — el festival de los hombres desnudos en Okayama
Quien viaja por Japón ya sabe que en los onsen (aguas termales) y sento (baños públicos) la modestia se queda en la entrada. El Hadaka Matsuri parte de esa misma relación con el cuerpo, pero la lleva a un terreno ritual. El más famoso se celebra el tercer sábado de febrero en el templo Saidai-ji, en Okayama, y reúne a unos 10.000 hombres vestidos únicamente con un fundoshi (taparrabos).
El objetivo no es el desnudo en sí, sino la búsqueda de fortuna: los participantes compiten dentro del templo por hacerse con un shingi, un amuleto sagrado lanzado por los monjes. Quien lo atrapa, según la tradición, asegura prosperidad y buena suerte para el año. Como parte del ritual, los hombres terminan saltando a una pileta de agua helada para purificarse antes de salir. En pleno febrero, con temperaturas bajo cero, la escena impresiona, pero tiene una lógica clara: el frío, el amuleto y la purificación están pensados como una única experiencia de renovación antes del inicio del año agrícola.

Nakizumo — el festival del llanto en Tokio
El Nakizumo (literalmente, “sumo de llanto”) es un ritual con un objetivo muy concreto: procurar buena salud a los bebés. La versión más conocida se celebra en el templo Sensō-ji de Asakusa, en Tokio, y existe desde 1991, aunque la tradición de llantos rituales en distintos templos tiene cerca de 400 años. Unos 60 bebés son llevados al dohyō (ring de sumo) y dos luchadores los levantan y los agitan suavemente. Gana —es decir, mejor le irá al niño según la creencia— quien llora primero.
Un árbitro recorre el ring gritando “Nake, nake!” (“¡Llora, llora!”) para animar el proceso. Si los bebés se resisten, entran al dohyō voluntarios con máscaras tradicionales de onryō (espíritu enfadado) para asustarlos y provocar el llanto. En algunas regiones la convención se invierte: allí el bebé que llora primero es el “perdedor”, y la victoria es del más tranquilo. Es un recordatorio útil de que no todo ritual japonés busca la solemnidad: también hay sitio para el humor, la comunidad y un punto de teatro popular.
Festival Pantu — los espíritus protectores de Miyako
En la isla de Miyako, en Okinawa, el Pantu reúne a los habitantes en torno a figuras que están a medio camino entre dioses y demonios. Existen dos versiones principales: el Pantu Punaha, que se celebra en el barrio de Hirara-Shimajiri, es el último de los tres rituales del ciclo conocido colectivamente como Pantu Satupunaha, repartido a lo largo del año. La procesión está guiada por sacerdotes, pero las verdaderas protagonistas son tres figuras cubiertas de hierba y barro que recorren la ciudad con palos en una mano y máscaras terroríficas en la otra.
Si una persona queda marcada por el lodo o la palma del Pantu, la tradición dice que ese año estará protegida de los malos espíritus. Los vecinos también invitan al Pantu a entrar en sus casas para bendecir el hogar antes del nuevo ciclo. La práctica no es exclusiva de Miyako: los investigadores la emparentan con rituales similares de Indonesia y Micronesia, lo que sitúa a este festival dentro de la gran familia cultural austronesia que conecta el sur de Japón con el Pacífico.

Namahage Matsuri — los demonios educadores de Oga
El Namahage Matsuri cierra el año en la península de Oga, en la prefectura de Akita. En la víspera de Año Nuevo, varios vecinos disfrazados con capas de paja y máscaras de demonio bajan de las aldeas de montaña y recorren las casas del pueblo gritando. El objetivo no es asustar por asustar: dentro de la tradición son figuras que vigilan el comportamiento de los más jóvenes y que, con su sola presencia, llaman al orden a la comunidad.
Las familias los invitan a entrar, les ofrecen mochi (pasteles de arroz glutinoso) y sake, y les piden protección, salud y buena cosecha para el año que empieza. A cambio, los Namahage “regañan” a los niños que se han portado mal durante el año, en una escena que mezcla humor, respeto y pedagogía comunitaria. En 2018, este ritual fue inscrito en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, lo que lo ha convertido en uno de los matsuri inusuales japoneses con mayor proyección internacional.
Por qué existen estos festivales: el contexto cultural
Si se ponen en fila, estos festivales cuentan una historia coherente. La mayoría combina tres tradiciones: el shintō, con su atención a los kami (espíritus) de la naturaleza y de la fertilidad; el budismo, con su peso en la purificación, la fortuna y la protección de los difuntos; y el animismo regional, que da forma a figuras locales como el Pantu o el Namahage. Los temas que aparecen —el cuerpo, el arroz, el Año Nuevo, la suerte, la salud infantil— son los ejes centrales del calendario agrícola japonés.
Lo que los hace “extraños” para un ojo occidental no es el contenido, sino el envoltorio. La desnudez en el Hadaka Matsuri, los símbolos fálicos del Kanamara, los bebés llorando en el Nakizumo o los demonios del Namahage son, en su contexto, formas de hablar de fertilidad, protección y renovación. Entender esa capa ritual permite ver estos matsuri no como rarezas para turistas, sino como un recordatorio honesto de hasta qué punto la cultura japonesa todavía celebra, en público, lo que en otras sociedades se prefiere mantener en privado.
Una reflexión final
Japón no necesita estos festivales para ser Japón, pero ellos ayudan a entender cómo el país entiende su propia continuidad cultural. Son celebraciones que existen desde hace generaciones —algunas, siglos— y que siguen llenando templos, santuarios y plazas con la misma energía que cuando empezaron. Verlos en directo, cuando el calendario lo permite, es una manera honesta de acercarse a un lado del país que las guías más turísticas suelen pasar por alto.
Si te interesa profundizar en la vertiente más “inusual” de la cultura japonesa, estos matsuri son un buen punto de partida. La lista es larga y, como siempre en Japón, lo que a primera vista parece un disparate termina teniendo una razón de ser antigua, comunitaria y, en el fondo, bastante humana.
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