Al principio de la mitología japonesa hay una pareja divina que sacó del océano las islas del país, dio a luz al sol, a la luna y a la tormenta y, al final, puso la primera piedra de la línea imperial del Japón. Se trata de Izanagi (イザナギ) e Izanami (イザナミ), las deidades creadoras descritas con detalle en las dos crónicas más antiguas del país: el Kojiki (古事記) de 712 y el Nihon Shoki (日本書紀) de 720. Ambos nombres encierran un significado hermoso: Izanagi significa «el que invita» e Izanami «la invitada» — los nombres apuntan al momento en que los dioses superiores los enviaron juntos a la tierra. Este artículo recorre los episodios principales de su historia: la creación de la primera isla, el nacimiento de los dioses, la muerte trágica de Izanami en el mundo inferior y la famosa purificación de la que surgieron Amaterasu, Tsukuyomi y Susanoo.

Índice 11
Las historias del Kojiki y del Nihon Shoki
Los mitos que rodean a Izanagi e Izanami no son invenciones libres de siglos posteriores. Aparecen en dos obras que Japón encargó a principios del siglo VIII para ordenar sus propios orígenes: el Kojiki («Crónicas de hechos antiguos», 712) y el Nihon Shoki («Crónica del Japón», 720). Ambos textos se redactaron en la corte imperial y contienen tradiciones mitológicas, además de relatos sobre la historia temprana del país. Hasta hoy siguen siendo las fuentes más importantes para entender la historia de la creación japonesa y lo que hoy llamamos sintoísmo.
La mayoría de los lectores conoce a las dos deidades a través de uno de tres episodios: la aparición de la primera isla, la muerte de Izanami al dar a luz al dios del fuego y la purificación de la que nacen los tres dioses luminosos. Cada uno de estos momentos forma parte de un mismo relato, así que vale la pena seguirlos en orden para captar la lógica interna del mito.
El envío de la pareja divina
Antes de que existieran las islas, según cuentan las crónicas, el mundo era un caos indiferenciado. Los dioses superiores, reunidos en lo que se conoce como el concilio de los kami, decidieron que la tierra informe necesitaba habitantes. Para cumplir esa tarea, eligieron a una pareja divina y le dieron una lanza enjoyada llamada Ame-no-nuhoko (天沼矛), «la lanza celestial del fango infinito».
El encargo era simple en apariencia: bajar desde el puente flotante del cielo, agitar la lanza en el océano primigenio y, con las gotas que cayeran de su punta, dar forma a la primera tierra. La pareja aceptó la misión y bajó al puente que unía el cielo y el mar. Ese puente, descrito en las fuentes como Ame-no-ukihashi (天浮橋), marca el umbral entre el mundo de los dioses y el mundo en formación.
Este envío no es solo un detalle decorativo del mito: muchas lecturas modernas lo interpretan como un gesto de delegación divina, en el que los dioses ceden a una pareja concreta la tarea de poblar y organizar el mundo. Es, en cierto sentido, el primer «acto creador» del que las crónicas dejan huella.
El nacimiento de la primera isla
Izanagi e Izanami se detuvieron en el extremo del puente flotante y, juntos, hundieron la lanza Ame-no-nuhoko en las aguas que tenían debajo. Al remover el océano, la sal y el agua que goteaban desde la punta de la lanza se fueron acumulando hasta formar una isla. Las crónicas la llaman Onogoro-shima (おのころ島), la «isla que se coagula por sí misma».
En esta isla desierta tuvo lugar la ceremonia de bodas de la pareja. Construyeron una columna sagrada, la rodearon en sentidos opuestos y, al reencontrarse, Izanagi habló primero, como indicaban los dioses superiores, y la unión quedó bendecida. A partir de ese momento, Onogoro-shima se convierte en el escenario donde la pareja comienza a «dar a luz» no solo a las islas, sino a las divinidades que las habitarán.
Onogoro-shima suele identificarse con una pequeña isla del mar Interior de Seto, en la actual prefectura de Hyōgo. Aunque la localización exacta sigue siendo discutida, la tradición coincide en señalar este enclave como el lugar simbólico del primer matrimonio divino.
Las ocho islas y los dioses
Tras la boda, Izanami dio a luz a las islas que formarían el archipiélago japonés. Las fuentes recogen el conjunto con el nombre de Ōyashima (大八島), las «ocho grandes islas», en el siguiente orden tradicional según el Kojiki: Awaji (淡路島), Shikoku (四国), Ōyamato (大倭, equivalente a Honshū), Tsukushi (筑紫, equivalente a Kyūshū), Iki (壱岐), Tsushima (対馬), Sado (佐渡) y, por último, Yamato (山門). La enumeración varía ligeramente entre el Kojiki y el Nihon Shoki, pero el espíritu es el mismo: la pareja «da a luz» la geografía del país antes que a sus habitantes.
Además de las islas, nacieron una larga lista de kami, las divinidades del panteón sintoísta. Algunos de ellos están vinculados a mares, montañas, ríos, vientos y cosechas; otros, a oficios o elementos concretos de la naturaleza. Esta primera generación de dioses marca el paso de un mundo vacío a un mundo lleno de presencias sagradas, listo para ser habitado por la línea imperial que vendrá después.
La muerte de Izanami y el dios del fuego
El último hijo de Izanami fue Kagutsuchi (火産霊), el dios del fuego. Su nacimiento fue también el momento de la tragedia: las llamas del parto consumieron a su madre, que murió poco después. La versión más extendida del mito señala que Izanami, al dar a luz a la deidad ígnea, sufrió quemaduras internas que la llevaron al otro mundo.
Izanagi, consumido por la rabia, decapitó a Kagutsuchi con su espada. Del gesto nacieron, según las crónicas, nuevas divinidades: ocho dioses de la espada, surgidos de las gotas de sangre que cayeron de la hoja, y ocho divinidades de la montaña, nacidas del cuerpo del dios del fuego. El fuego, por tanto, no solo destruye: en el mito, también multiplica la vida sagrada.
La muerte de Izanami abre una grieta definitiva en la pareja divina. Mientras Izanagi queda en el mundo de los vivos, Izanami desciende al Yomi (黄泉), el mundo inferior, del que ya no regresará como esposa. Esta separación es el verdadero punto de inflexión de la historia y la semilla de la purificación que viene después.
El camino al submundo Yomi
Afligido, Izanagi decidió ir al Yomi para traer a Izanami de vuelta al mundo de los vivos. El descenso al mundo inferior sigue un patrón bien conocido en los mitos de viaje al más allá: el héroe cruza un umbral oscuro, encuentra a la persona que busca, pero descubre que ya no puede recuperarla.
Izanami se encontraba en la entrada del Yomi, y le pidió a Izanagi que la esperara fuera, sin mirarla, mientras ella hablaba con los dioses del inframundo para pedir su regreso. Pasó el tiempo y, al ver que no volvía, Izanagi encendió una antorcha con el peine de pelo que recogía el cabello de su esposa y entró en la sala donde ella descansaba.
Lo que vio lo dejó horrorizado: el cuerpo de Izanami ya había comenzado a descomponerse, y sobre él pululaban serpientes, gusanos y criaturas del inframundo. El relato no ahorra el detalle. Es uno de los momentos más gráficos del Kojiki y, al mismo tiempo, uno de los más citados para entender la representación japonesa del mundo inferior como un lugar físico, no abstracto.
La huida del Yomi
Izanami se enfureció al ver que su marido había roto el pacto de no mirarla y envió tras él a las aterradoras shikome, mujeres horrendas del Yomi, además de un ejército de divinidades del trueno. Izanagi logró escapar, perseguido por esas criaturas, hasta que llegó al paso que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos.
Allí rodó una roca enorme y bloqueó la entrada al Yomi. Del otro lado quedó Izanami, atrapada. La pareja se despidió a través de la piedra, y del intercambio nació una amenaza que atraviesa toda la tradición: Izanami prometió matar a mil personas cada día, e Izanagi respondió que, para equilibrar la cuenta, haría nacer a mil quinientas. Desde entonces, Izanami representa la muerte, mientras Izanagi simboliza la vida — una dualidad que estructura buena parte del pensamiento mitológico japonés.
Este pasaje es, probablemente, el más citado del mito en la cultura popular japonesa. La roca que separa los dos mundos se ha convertido en una imagen recurrente del folclore, el teatro nō y, más tarde, del manga y el anime contemporáneos.
La purificación de Izanagi y los tres dioses luminosos
De vuelta al mundo de los vivos, Izanagi sintió que necesitaba purificarse. Se despojó de sus vestiduras, entró en el mar y, mientras se lavaba, las impurezas que abandonaban su cuerpo se transformaron en nuevas divinidades. Este episodio, conocido como el misogi (禊), es uno de los rituales centrales del sintoísmo y se sigue practicando, en versiones actualizadas, en muchos santuarios del Japón.
Los dioses más importantes de la purificación nacieron de los ojos y de la nariz de Izanagi: del ojo izquierdo surgió Amaterasu (天照大神), la diosa del sol; del ojo derecho, Tsukuyomi (月読命), el dios de la luna; y de la nariz, Susanoo (素戔嗚尊), el dios de los mares y de las tormentas. Los tres forman la llamada tríada de los dioses luminosos y presiden, respectivamente, los cielos, las noches y el mundo salvaje del mar y el viento.
La descendencia continúa a partir de Amaterasu. Su nieto, Ninigi (瓊瓊杵尊), descendió del cielo hasta la cima del monte Takachiho, en la actual prefectura de Miyazaki, y desde allí fundó la línea imperial japonesa. Es el eslabón que conecta el mito con la historia oficial de la casa imperial: cada emperador del Japón desciende, según esta tradición, de Amaterasu, y por tanto del propio Izanagi.
Significado para el sintoísmo y la actualidad
Izanagi e Izanami no son solo figuras de un relato antiguo. Su huella sigue presente en el paisaje religioso japonés. El santuario de Izanagi en Hyōgo y el santuario de Izanami en Mie, los dos más conocidos dedicados a la pareja, siguen recibiendo peregrinos, y muchas familias japonesas los asocian con ritos de matrimonio, fertilidad y protección del hogar.
El mito también se ha reinterpretado en clave psicológica y literaria. La purificación de Izanagi se lee a menudo como un proceso de integración personal: la necesidad de atravesar el duelo, salir de la oscuridad del Yomi y volver a la luz. No es casual que el concepto de «contaminación» (kegare) siga siendo central en el sintoísmo: lavarse, purificarse y reaparecer forma parte tanto del rito como de la narrativa que el país cuenta sobre sí mismo.
Comparación con otros mitos de la creación
El relato de Izanagi e Izanami no es único en el mapa de los mitos de la creación. Comparte estructura con otras tradiciones en las que una pareja divina da forma al mundo a partir de un acto ritual: agitar algo en el agua primigenia, pronunciar palabras, nombrar las cosas. Es un patrón que se repite desde la teogonía mesopotámica hasta los relatos polinesios.
En la mitología griega, por ejemplo, la separación del cielo y la tierra corre por cuenta de Urano y Gea, mientras que en la nórdica el mundo surge del cuerpo del gigante Ymir. La diferencia más llamativa del mito japonés es, quizás, que la pareja divina no se limita a «ordenar» la materia: literalmente la da a luz, como si las islas y los dioses fueran hijos de su unión. Esa dimensión maternal y generacional es una de las claves que distingue a Izanagi e Izanami de sus equivalentes en otras tradiciones.
Si quieres profundizar en criaturas del folclore japonés — desde los oni hasta los yōkai que también habitan este imaginario — puedes leer nuestra lista de quince monstruos, mitos y leyendas japonesas.
Reflexión final
La historia de Izanagi e Izanami recorre, en pocas páginas de las crónicas del siglo VIII, casi todo el arco de una mitología: el envío de los dioses, el nacimiento del mundo, el amor y la pérdida, la muerte y la purificación, y la fundación de una línea que, en la tradición, llega hasta la casa imperial. No es extraño que estos relatos sigan leyéndose en las escuelas, se representen en festivales y aparezcan reinterpretados en el manga, el anime y la literatura contemporánea.
Si te interesa el tema, una buena forma de seguir es curiosear en los santuarios dedicados a la pareja o leer directamente el Kojiki en alguna edición accesible. La mayoría de las traducciones incluyen los himnos más antiguos y los pasajes que las versiones abreviadas, como esta, necesariamente dejan fuera.
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