Después de ver 100 animes empiezas a notar algunos cambios en tu forma de pensar y de actuar. Algunas de estas experiencias son buenas, otras no tanto.
Soy demasiado perezosa como para organizar mi MAL, así que sinceramente no sé exactamente cuántos títulos he visto. Calculo que serán entre 300 y 500. Comparado conmigo hay gente que lleva más de 1000 animes encima, y creo que yo estoy destinada a seguir subiendo hacia ese número.
No todo en ese camino es notable, pero cuando te pones a leer la opinión de otras personas terminas dándote cuenta de cosas sobre ti mismo. Claro, también de tus nuevos gustos: gustos que no siempre son especialmente refinados. Tal vez entiendas a qué me refiero.
No todo el mundo vive estos cambios justo al llegar a 100 animes. Hay quien los nota antes, hay quien los nota mucho después. En mi caso fue más bien entre los 50 y los 70, aunque en ese momento no lo estaba mirando con ojo crítico.
Esta lista se basa en mi propia experiencia, y también quiero darle crédito al sitio OtakuBFX, que sirvió como inspiración para la idea detrás de este artículo. Así que si no estás de acuerdo con algo, siéntete libre de comentar, por favor, sin insultos.
En fin… esta introducción se está poniendo un poco aburrida, ¿no? Vamos directo a la lista.
Cordura, ¿qué es eso?
Queridos amigos, esto es algo que nos pasa a todos en algún momento, nos guste o no. Si es tu caso ahora mismo: tómate un descanso y pon un límite real en tu vida.
Cuando entras por primera vez en este mundo maravilloso del anime, lo más común es empezar a hacer maratones de forma frenética, sin pausas y sin plan. Horas y horas de anime, lleno de magia y fantasía, que en algún momento empieza a atacarte el cerebro. Hay quienes intentan invocar portales, otros tratan de lanzar un hechizo, algunos se van con un simple KAMEHAMEHA, y los más hardcore entre nosotros intentan despertar el Getsuga Tenshō o el Sharingan que llevan dentro.
Como ya se ha dicho, algunos terminan haciéndose pasar por Chuunibyou. Pero otros, los más comunes, como yo, simplemente caen en crisis profundas. Crisis de las de verdad: querer aislarte, llorar por nada y, en algunos casos, hasta querer dejar el mundo real. No tiene gracia, no es un juego: si estás así, aléjate de la pantalla, respira y vuelve cuando tengas los pies en el suelo. El anime seguirá esperándote, prometido.
Subtítulos, ¿para qué?
Si ya pasaste por esa fase de «no entiendo nada, así que veo todo con subtítulos», sabes exactamente de lo que hablo. Ver anime subtitulado es como aprender un nuevo idioma a fuerza bruta: al principio sufres, después disfrutas y al final ya no puedes volver atrás. Llegas a un punto en que las voces japonesas originales te suenan tan naturales que las dobladas te chirrían.
Hay gente que se queja de leer mientras mira una pantalla, pero si llegaste hasta aquí es porque ya superaste esa barrera. El ojo se acostumbra, el cerebro se acostumbra, y terminas leyendo subtítulos mientras cenas, caminas o hablas por chat. Es un efecto secundario real del otaku: leer más rápido, mejor y con menos esfuerzo.

Mayor interés en Japón
Este es uno de los síntomas más clásicos. Empiezas viendo anime, después te metes en la cultura, luego en el idioma, después en la comida, después en los trenes, después en las festividades, y cuando te das cuenta ya estás buscando vuelos baratos a Tokio en mitad de la noche.
El anime funciona como puerta de entrada. Primero te llama la atención una historia, después te quedas con el estilo visual, después con la forma de pensar de los personajes, y de pronto te encuentras googleando cómo es un viaje a Japón en temporada de cerezos, qué se siente al pisar un konbini a las tres de la mañana, o cómo se dice «gracias» en japonés sin que te tiemble la voz.

Clichés que reconoces al instante
Después de cierto punto, los clichés del anime se vuelven transparentes. El protagonista que parece débil y termina siendo el más fuerte, la chica tsundere que te grita y después se sonroja, el mejor amigo bromista, la hermana menor que aparece con un sartén en la mano, el maestro sabio y misterioso. Una vez que los identificas, no puedes dejar de verlos.
Esto no es necesariamente malo. Al contrario: empiezas a apreciar cómo cada serie juega con esos clichés, los subvierte o los reinventa. Un anime que se toma en serio los clichés básicos puede terminar siendo más interesante que uno que intenta ser original a toda costa y se tropieza en el intento.

Los rellenos se vuelven pesadilla
Este es el punto en el que empiezas a odiar los rellenos con todo tu corazón. Esas sagas larguísimas en las que no avanza absolutamente nada, solo peleas random, flashbacks infinitos y personajes hablando de sus recuerdos en formato cinematográfico. Si viste Naruto, Bleach o cualquier shōnen de los 2000, sabes perfectamente de lo que hablo.
Con el tiempo aprendes a saltarte los rellenos sin culpa, a leer reseñas antes de empezar una serie y a usar MAL como guía rápida para saber si vale la pena cada arco. La pereza se vuelve estrategia.

Sentido crítico más agudo
Después de cierto número de animes, tu ojo se vuelve más exigente. Notas diferencias en la animación, en la dirección, en el ritmo, en el uso del color, en la banda sonora. Una escena que antes te parecía épica ahora te parece apenas decente, y una escena bien hecha te emociona mucho más porque entiendes el trabajo que hay detrás.
También aprendes a separar lo que te gusta de lo que es bueno objetivamente. Hay animes que amas sabiendo que no son perfectos, y otros que admiras sin que terminen de conquistarte. Esa mezcla entre crítica y cariño es una de las señales más claras de que ya pasaste la barrera de los 100.

Gustos raros nuevos
Llega un momento en que tus gustos se vuelven difíciles de explicar. Te encanta un slice of life lentísimo donde no pasa nada, pero te aburren las series de acción genéricas. Disfrutas más un opening instrumental que uno cantado. Te emocionas con un dibujo casi estático si la historia está bien contada.
Tus amigos no otaku te miran raro cuando les cuentas lo que ves, y tú ya ni te molestas en intentar justificarlo. Sabes que ese anime raro de 12 episodios sobre una chica que habla con su gato es mejor de lo que aparenta, y eso te basta.

Waifu y husbando
Este es el clásico inevitable. Llega un momento en que un personaje te marca tanto que terminas declarándolo tu waifu o husbando oficial. No importa si es protagonista, secundaria, antagonista o aparece solo en un opening: el corazón (y la cuenta de figuras en tu estantería) ya decidió.
La gracia es que tu waifu puede ser distinta a la de cualquier otra persona del mundo, y eso está perfecto. Cada quien tiene sus razones para elegir al personaje que lo representa, y normalmente esas razones dicen más de ti que del propio personaje. Algunos defienden waifus de hace 20 años con la misma pasión con la que otros defienden a los más nuevos, y todos tienen razón dentro de su propio fandom.

Emoción por animaciones 10/10
Cuando ves una secuencia de animación realmente buena, algo cambia dentro de ti. Esa pelea perfectamente coreografiada, ese plano secuencia de 30 segundos sin un solo corte, ese fundido lento al atardecer con la música subiendo, ese cierre de arco donde todo encaja. Son momentos que te recuerdan por qué te enganchaste al anime en primer lugar.
No necesitas ser animador ni crítico profesional para darte cuenta. Lo sientes. Y cuando lo sientes, lo compartes. Esas escenas se vuelven referencia, se convierten en tema de conversación y muchas veces terminan siendo la razón por la que recomiendas una serie a un amigo.

Convertirse en el «experto»
Este punto es casi gracioso. Llegas a una conversación sobre anime, alguien pregunta algo, y te das cuenta de que tienes una opinión fundamentada sobre cualquier título, director, estudio o temporada. Te conviertes en la persona a la que tus amigos no otaku le preguntan «qué veo esta noche» y en la que tus amigos otakus le preguntan «¿esto vale la pena?».
Y lo mejor: no necesitas tener razón siempre. Basta con haber visto lo suficiente para tener criterio. Ese criterio, además, cambia con el tiempo. Lo que te parecía genial a los 80 animes puede parecerte normal a los 300, y lo que odiabas a los 100 quizás lo entiendes mejor a los 500. El gusto se pule.

Cansarte y volver
Sí, hay un momento en que te cansas. Después de muchas horas de pantalla, de maratones que duran hasta las cuatro de la mañana, de series que empiezan bien y se derrumban en el arco final, llega un punto en que dices «ya fue». Cierras MAL, dejas Discord, silencias el grupo de WhatsApp del fandom y te tomas un respiro.
¿Y después qué pasa? Después vuelves. Siempre vuelves. Porque en algún momento sale un anime nuevo que te llama, o un amigo te recomienda algo, o simplemente extrañas esa sensación de quedarte pegado a la pantalla con una taza de té al lado. El anime es como una ex relación de la que nunca terminas de desconectarte del todo.

Inspiraciones y la esencia que se queda
Hay algo curioso que pasa cuando llevas mucho tiempo en esto: el anime empieza a dejar huella en tu vida real. Una frase que te marcó, una forma de mirar el mundo, una decisión que tomaste inspirado en un personaje, una canción que tarareas sin darte cuenta. El anime se mete en tu vocabulario, en tu humor, en cómo ves una puesta de sol.
No es para tanto como volverse un weeaboo de caricatura, tranquila. Es más bien esa esencia que se te pega: las ganas de levantarte y entrenar, la idea de cuidar a tus amigos como un senpai cuida a sus kouhais, la motivación de perseguir un sueño aunque todo el mundo diga que es imposible. Cositas chiquitas que suman.

Nuevos sueños
Este es, para mí, el punto más bonito. Ver anime no solo cambia cómo consumes contenido, también cambia lo que sueñas. Sueñas con viajar a Japón, con visitar el santuario de tu serie favorita, con aprender a dibujar manga, con trabajar en un estudio de animación, con hacer un viaje en tren bala con un amigo, con tomarte un café en un maid café por lo menos una vez en la vida.
Y aunque no cumplas todos esos sueños, el simple hecho de tenerlos ya cambia algo. Te abre la cabeza, te muestra que hay un mundo enorme más allá de tu ciudad, te conecta con gente que tiene los mismos intereses. Es una de las cosas más lindas de ser otaku: nunca te sientes solo del todo, porque siempre hay alguien del otro lado del mundo pensando en lo mismo que tú.
Romper barreras: los 1000 animes
Y por último, el techo que parecía imposible. Cuando empiezas, los 1000 animes suenan a disparate. Después de los 200 ya empiezas a entender que es cuestión de tiempo. Y cuando cruzas la barrera de los 500, te das cuenta de que no es un número mágico, es solo un paso más en un camino que, honestamente, nunca termina.
Lo importante no es el número en sí. Lo importante es todo lo que aprendes mientras llegas ahí: las historias, los personajes, las emociones, las amistades, las crisis, los regresos, las risas, los llantos. El anime no se mide por cifras, se mide por lo que te dejó. Y si te dejó algo, ya valió la pena.
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Cuéntame en los comentarios cuál de estos puntos te pasó primero: ¿fue la crisis chuunibyou, la obsesión por Japón o el momento de declarar tu waifu oficial?
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